
Una lectura desde la consulta gestalt a partir de Gabriel Marcel, en un tiempo que habla mucho de miedo.
Hay una frase que escucho en consulta más de lo que parece: «yo soy optimista». Casi siempre llega justo después de contar algo difícil (un diagnóstico, un despido, un amor que se está acabando) y funciona como una puerta que se cierra. No hace falta seguir por ahí, viene a decir. Todo va a salir bien.
Durante años me pregunté por qué esa frase, dicha en ese momento, me dejaba una tristeza pequeña en el pecho. Ahora creo que lo sé. El optimismo, usado así, no es una emoción: es una maniobra. Es lo que hace alguien para no sentir lo que ya está sintiendo; el miedo que le subió por el estómago con el diagnóstico, la humillación del despido, la pena de ese amor. La sonrisa llega puntual, justo cuando algo empezaba a doler, y lo tapa.
Es primo hermano de esas frases bien intencionadas que hieren — «no estés triste», «tendrías que ser feliz» — solo que dirigidas hacia dentro. Y su precio es el de siempre: la emoción interrumpida no desaparece, se queda a vivir en el cuerpo. Quien se obliga a ver el lado bueno de todo acaba muchas veces en el mismo lugar que quien elige la nada antes que la pena: en un cuerpo anestesiado, correcto, que ya no duele pero tampoco vibra.
Que nadie me malinterprete. No estoy en contra de mirar la vida con buenos ojos. Estoy diciendo otra cosa: que hemos confundido dos palabras que no son parientes, y que en esa confusión se nos está escapando algo valioso. El optimismo y la esperanza no son grados de una misma cosa. Son movimientos distintos del alma, y el cuerpo los hace de manera distinta.
El hombre en camino
Gabriel Marcel escribió Homo viator, su libro sobre la esperanza, en la Francia ocupada por los nazis. Conviene detenerse en ese dato antes de leer una sola línea: el pensador de la esperanza no escribía desde un jardín, escribía desde la catástrofe. Y precisamente por eso pudo ver lo que el optimismo no ve. El optimista calcula: revisa las circunstancias, estima probabilidades y concluye que las cosas irán bien. Su seguridad depende del pronóstico. La esperanza de la que habla Marcel no calcula nada, porque no es un juicio sobre el futuro: es una manera de estar en el presente. Una apertura. Permanecer disponible a lo que todavía no existe, sin garantías, incluso cuando el pronóstico dice que no.
Marcel es también el autor de una distinción que uso a menudo, la que separa tener y ser. Y aquí vuelve a servir: el optimismo se tiene, como se tiene un plan o un seguro. La esperanza no se tiene — se habita. Nadie está esperanzado como quien posee algo; está esperanzado como quien camina. Por eso su libro se titula así: homo viator, el hombre en camino. El optimista ya ha llegado, aunque sea con la imaginación. El esperanzado camina sin saber, y no por eso se detiene.
No es casual que este libro haya vuelto a las librerías ahora. Byung-Chul Han ha publicado hace poco El espíritu de la esperanza, escrito contra lo que llama la sociedad del miedo, y en su recepción española se ha vuelto a citar a Marcel: la esperanza como afán y como salto. Cuando una época entera vuelve a hablar de esperanza, suele ser porque anda escasa de ella. O porque la ha confundido con su imitación.
Lo que hace el cuerpo
En consulta, la diferencia entre las dos no hay que explicarla: se ve. El optimismo se sostiene — y sostenerse cansa. Tiene el pecho alto, la sonrisa preparada, la respiración corta, como quien posa para una foto que dura años. Hay que mantenerlo, alimentarlo de argumentos, defenderlo de las malas noticias. La esperanza, cuando aparece de verdad, hace lo contrario: suelta. La respiración baja al vientre, los hombros ceden un centímetro, algo se ablanda en la cara. El cuerpo habla antes que la cabeza, también aquí: mucho antes de que la persona encuentre palabras para lo que le pasa, su cuerpo ya ha decidido si está posando o si está caminando.
Y hay otra diferencia, la decisiva. El optimismo necesita esquivar el miedo, porque el miedo desmiente el pronóstico. La esperanza no: la esperanza atraviesa el miedo, lo lleva consigo, camina con él. Nace justamente ahí donde el optimismo se vuelve imposible — en la sala de espera del hospital, en la noche del desempleo, en la ocupación. Donde ya no se puede decir «todo irá bien» y sin embargo algo en el cuerpo sigue orientado hacia mañana. Ese algo no es una idea. Se siente en la carne, o no es.
La esperanza del terapeuta
Se supone que quien acompaña debe transmitir confianza, y hay colegas que entienden eso como repartir optimismo: vas a estar bien, esto se supera, saldrás fortalecido. Yo no puedo prometer nada de eso, y he aprendido a no intentarlo — acompañar no es arreglar, y tampoco es pronosticar. Lo que sí puedo es otra cosa: sostener la posibilidad. Estar al lado de alguien que hoy no ve salida, sin necesitar convencerle de que la hay, y sin irme. Esa es la esperanza del terapeuta: no un discurso, una presencia que no se retira.
Lo aprendí, entre otros lugares, acompañando duelos que no terminan — esas pérdidas ambiguas en las que no cabe cerrar nada porque nada ha terminado del todo. Ahí el optimismo no tiene nada que hacer. Y sin embargo la gente vive, cuida, vuelve a reírse. Con el tiempo entendí que eso era exactamente lo que Marcel describía: una esperanza que no espera un resultado, que ha renunciado al pronóstico, y que aun así mantiene a la persona en camino. El trabajo corporal va muchas veces de eso: de devolverle al cuerpo la capacidad de estar abierto sin garantías.
La mujer del «yo soy optimista» — era una mujer, aunque podría haber sido cualquiera — tardó meses en dejar caer la frase. Una tarde no la dijo. Contó lo difícil sin taparlo, lloró un llanto corto, casi seco, y después se quedó en silencio con la espalda apoyada del todo en el respaldo, quizá por primera vez. Al salir dijo algo que no olvido: «no sé si va a salir bien, pero ya no me da tanto miedo no saberlo».
Eso era. No había ganado optimismo. Había ganado esperanza, que pesa menos y llega más lejos.
Si tú también eres de los que responden «yo soy optimista» antes de que nadie pregunte, quizá valga la pena acercarse con cuidado a esa frase. No para quitártela: para mirar qué guarda. Debajo del optimismo que se sostiene con esfuerzo casi siempre hay un miedo que lleva mucho tiempo esperando a que alguien lo escuche. Empezar por ahí no es rendirse. Es ponerse en camino.




