
Sobre el proceso creativo, el cuerpo y el acompañamiento gestáltico
Lo aprendí de un profesor. Lo escuché una vez y no lo solté: «el arte tiene un paraguas terapéutico más grande que la propia terapia». Yo estaba en medio de un duelo complicado. Cada semana asistía a clases de expresión y danza, y la mayoría de las veces lo que emergía en medio de la práctica era el llanto.
No lo entendí de inmediato. Llevaba años formándome: psicología, creatividad, mediación, Gestalt, terapia corporal, trauma, duelo. Cada formación me daba algo real y no renuncio a ninguna. Pero había algo que ninguna alcanzaba, por mucha precisión técnica que yo persiguiera acumulándolas.
Ese algo aparece cuando alguien lee un poema en voz alta en la consulta, o dibuja sin saber todavía qué está dibujando, o cuando el cuerpo empieza a moverse de una manera que no había elegido. No es catarsis en el sentido fácil de la palabra. Se parece más al reconocimiento: el momento en que una persona se encuentra a sí misma en algo que ha creado y que, paradójicamente, la supera. Un darse cuenta que ocurre en el cuerpo, en el presente continuo de la experiencia, antes de que puedas nombrarlo. Y cuando ocurre, ya te ha cambiado.
Eso es lo que el arte puede hacer que la terapia hablada no siempre puede: llegar a donde la palabra estructurada no llega. No porque la palabra sea inferior, sino porque hay territorios de la experiencia que no tienen todavía nombre y necesitan otra forma para poder existir. La forma artística no traduce lo que ya existe: lo convoca.
Lo intangible hecho forma
El ser humano se expresa desde el arte desde que es humano. Antes del lenguaje articulado, antes de la escritura, antes de la teoría, pintaba en las paredes de las cuevas. No para decorar: para hacer existir algo que de otro modo no existiría.
Joseph Zinker, uno de los grandes de la terapia gestáltica, escribió que la intención creativa es un anhelo en el propio cuerpo, un deseo de llenar el recipiente de la vida. Quien crea es alguien que ha empezado a querer vivir, a querer sentir, a querer experimentar. Y esto tiene consecuencias clínicas concretas. Hay pacientes que llegan tras años de trabajo terapéutico serio, con herramientas, con capacidad de observarse. Y aun así hay una zona que la técnica toca pero no transforma. En mi experiencia, esa zona empieza a moverse cuando aparece algo artístico. No como ejercicio indicado —»ahora vamos a hacer un collage para trabajar tu relación con tu madre»—, sino como permiso para crear sin objetivo.
Recuerdo a un paciente hundido en una depresión profunda. Trabajaba de noche, horneando cientos de panes. Su formación básica era la música: flautista. El acuerdo terapéutico fue sencillo: mientras esperaba los hornos, tocaría. Primero la flauta. Después eligió la guitarra, después el oboe. Y algo hizo clic. La realidad era la misma, pero la vivía diferente. «Acompañado por mi música ya no me siento tan solo por la noche», me dijo. Después vinieron los cambios, porque empezó a creer que podía hacerlos: ya no estaba solo, era capaz de acompañarse con amor, con su arte.
Al final hay que comprender que la soledad duele cuando es desatención. Y a veces esa desatención es un autoabandono: hacernos a nosotros mismos lo que ya sufrimos en la infancia. De eso he escrito antes, a propósito de acompañar sin arreglar.
El cuerpo como única residencia
No podemos separar la experiencia artística del cuerpo. Ni la terapéutica, aunque a veces lo intentemos. El cuerpo no es el recipiente donde vive la psique: es la psique. Mi ser en el mundo es un ser corporal que habita un mundo corporal. Desde ese cuerpo puedo proyectar, sentir, crear, defenderme, huir. Sin él, ninguna experiencia sería posible. Incluida la estética: el temblor ante una pieza musical, la tensión en el pecho cuando un verso dice exactamente lo que no sabíamos que necesitábamos oír. De ese cuerpo que se protege del contacto hablé en «El que no se deja tocar».
El arte hace lo que hace porque no pide permiso al pensamiento. Entra por el cuerpo antes de que la mente pueda evaluar si es seguro sentir lo que está sintiendo. La imagen llega antes que la interpretación; el movimiento, antes que la comprensión. En ese instante previo a la racionalización hay una ventana muy breve, y muy real, hacia algo que de otro modo permanece cerrado.
Hace poco vi por televisión una de las últimas inauguraciones de la Sagrada Familia. Estaba acompañado, y lo que ocurrió no fue que la obra de Gaudí me emocionara directamente: fue que vi emocionarse a quien tenía al lado, vi aparecer sus lágrimas ante tanta belleza, y algo en mí se rompió también. No ante el edificio: ante la emoción del otro. En términos gestálticos, eso es contacto en el sentido más absoluto. No es información transmitida. Es algo que ocurre entre dos cuerpos cuando la belleza los atraviesa al mismo tiempo.
Lo que el terapeuta necesita haber vivido
Hay una pregunta que no puedo esquivar: ¿qué necesita haber vivido un terapeuta para acompañar este territorio? Mi respuesta es incómoda: necesita haber habitado su propia soledad creativa. Haber tenido, o haber perdido y recuperado, alguna práctica artística que sea verdaderamente suya. No como formación. No como técnica. Como necesidad vital.
Al principio pregunté qué ocurre cuando enterramos lo que somos. La respuesta, para mí, vino de ese otro lugar donde las palabras no se dicen, solo se escuchan:
«Enterré a mi poeta
para poder sobrevivir.
Treinta años después
me di cuenta
de que lo necesitaba
para poder vivir.»
Firmar este pequeño poema expone la vergüenza que siento como reflejo de mi propio sentimiento de insuficiencia y, al mismo tiempo, un reconocimiento de mí mismo como poeta: un amor propio que cuesta habitar con naturalidad. Ya tenemos material clínico. Pero ante todo tengo mi verdad. Y la poesía contiene esa verdad, la de cada uno en cada momento de su vida. La que permite levantarse por la mañana y seguir jugando a esto llamado vida.
No hay sustituto de lo que tú eres. No hay versión de segunda mano. Eso es lo que la práctica artística devuelve a quien la recupera: la certeza de que hay algo en él que es irreemplazable. Y eso, clínicamente, no es un lujo. Es la base de cualquier proceso real de individuación.
Un terapeuta que no ha habitado esa verdad puede acompañar muchas cosas. Pero hay algo en el encuentro con la soledad creativa del paciente que solo reconoce quien la ha vivido:
«Para poder acompañar
a quien se siente perdido
hay que haber estado perdido.
Para poder acompañar el dolor
uno ha de ser consciente»
del propio dolor vivido.
El paraguas
Vuelvo al principio porque es donde está la tesis. El arte tiene un paraguas terapéutico más grande que la propia terapia. No porque la terapia sea menor, sino porque el arte llega a donde la terapia no siempre puede: al cuerpo antes que a la mente, a lo intangible antes que a lo nombrable, a la unicidad de cada persona antes que a cualquier categoría diagnóstica.
De todas las tradiciones terapéuticas que conozco, la Gestalt es la que más naturalmente convive con este territorio, porque trabaja con la experiencia presente, con lo que ocurre en el cuerpo ahora mismo, con el contacto real entre dos personas en un espacio compartido. Poetas como Mary Oliver llevan siglos sabiéndolo sin necesidad de teoría: la escritura, la danza, la música son el lugar donde lo insoportable se vuelve habitable.
No siempre sabemos lo que creamos cuando creamos. Pero el cuerpo sí lo sabe. Y ese saber previo, anterior al análisis y a la interpretación, es donde vive lo más real de cada uno.
Si hay algo que enterraste para poder sobrevivir —un instrumento, un cuaderno, un cuerpo que bailaba—, quizá la pregunta no sea si tienes tiempo para recuperarlo. Quizá la pregunta sea cuánto de ti sigue esperando ahí.
Si esa pregunta te remueve algo y quieres explorarla acompañado, puedes escribirme. La primera conversación es de orientación: tú decides después.




