
Una canción de Nacho Vegas y una elección que, dicha en frío, suena a contrasentido. Una lectura desde la consulta gestalt sobre la anestesia, el ciclo de contacto y lo que hacemos para no sentir lo que ya estamos sintiendo.
Hay canciones que uno escucha durante años sin oírlas del todo, hasta que una noche, en directo, una frase se abre paso y se queda. Me pasó hace poco con Nacho Vegas. Al final de “La pena o la nada” hay una decisión que, fuera de la música, parece absurda: puesto a escoger entre el dolor y la nada, el que canta escoge el dolor. No el alivio, no la calma. El dolor. Y lo repite hasta que deja de sonar a derrota y empieza a sonar a otra cosa. A coraje, quizá. O a la manera más honesta que tenemos de seguir vivos.
En consulta esa elección aparece a diario, aunque casi nadie la formula así. Porque casi nadie llega pidiendo sentir más. La inmensa mayoría llega pidiendo sentir menos. “Quiero estar tranquilo.” “Quiero dejar de darle vueltas.” “Quiero que esto no me afecte tanto.” Y bajo todas esas frases late la misma petición, la más comprensible del mundo: que el dolor pare, que el cuerpo se calle. Que llegue, por fin, la nada.
Y hay quien llega un paso más allá, sin saber siquiera qué pedir. No dice “quiero sentir menos”; dice que no sabe qué le pasa. Solo nota un peso, un cansancio que no se va, una distancia con todo. Venir a terapia es, muchas veces, exactamente eso: aceptar que algo duele y que se ha perdido el idioma para decir qué. Porque la verdad, cuando lleva mucho tiempo tapada, no vuelve con palabras. Vuelve doliendo.
El problema es que la nada no es lo que parece.
La nada no es la calma
A menudo confundimos la nada con la paz, y no son lo mismo. La calma es un estado lleno: el cuerpo suelto, la respiración entera, la presencia disponible para lo que venga. La nada es un estado donde la herida se hace sufrimiento: el cuerpo a media luz, la sensación a media asta, una distancia fina pero constante entre uno y lo que le pasa. La calma se siente. La nada es, justamente, dejar de sentir.
Y dejar de sentir tiene un precio que nunca aparece en el folleto, porque no se puede anestesiar por partes. El cuerpo no tiene una llave para apagar la tristeza dejando encendido el deseo, ni otra para silenciar el miedo sin rozar la alegría. Cuando bajamos el volumen de lo que duele, baja también el de todo lo demás. Quien consigue no sentir la pena tampoco siente del todo el hambre, ni las ganas, ni el placer. No vive en paz: vive en una versión amortiguada de sí mismo. Lo he visto muchas veces en parejas que dejaron de discutir y creyeron que ese silencio era estar mejor.
Dónde se rompe el ciclo
La terapia gestalt mira esto de una manera muy física. Lo llama ciclo de contacto: la secuencia por la que una sensación se vuelve emoción, la emoción se vuelve necesidad, la necesidad se vuelve gesto, y el gesto se vuelve contacto con el mundo o con otro. Tengo frío, lo noto, me abrigo. Echo de menos a alguien, lo siento, lo llamo. Algo me duele, lo registro, lo digo. Cuando el ciclo fluye, se cierra: la experiencia se completa y deja sitio para la siguiente.
La nada es un ciclo que se interrumpe antes de cerrarse. Y se puede interrumpir en muchos puntos. A veces ni siquiera dejamos que la sensación llegue al cuerpo: la apagamos en la raíz, y entonces no hay frío, ni pena, ni hambre, solo un cuerpo que ha dejado de avisar. Otras veces la sensación llega, pero la desviamos hacia otra parte (comemos, trabajamos, hacemos scroll en el móvil) para no tener que nombrarla. Otras veces la volvemos contra nosotros mismos: en lugar de enfadarnos con quien nos falló, nos enfadamos por habernos dejado fallar. Fritz Perls y Paul Goodman pusieron nombre a estas maniobras; no hace falta memorizarlos. Basta con reconocer el gesto. Todas cumplen la misma función: evitar el instante incómodo en que algo, dentro, pide ser sentido.
Lo importante es que ninguna de esas maniobras es un defecto. Son habilidades desarrolladas y que aprendimos cuando sentir era peligroso, cuando no había nadie disponible para sostener lo que sentíamos, cuando mostrar la pena nos dejaba todavía más solos. El niño que aprendió a no sentir hizo lo correcto: se protegió con lo que tenía. El problema llega treinta años después, cuando esa protección sigue funcionando sola, en automático, también donde ya no hay ningún peligro. Y uno se descubre incapaz de sentir, incluso, lo que sí querría sentir.
Y hay algo más, porque esto no lo aprendiste a solas. No sentir, además, se premia. Al niño que se tragó la pena, de adulto el mundo le da la razón: lo llama fuerte, maduro, profesional. Aprendiste a no traer lo que te pasaba, a que no se te notara, a resolver sin que te temblara la voz, y cada vez que lo conseguías alguien asentía. Te volviste competente justo en lo que más te dejaba a solas. Nadie te enseñó a leer lo que sentías porque saber leerlo no daba puntos. Así que no es raro llegar a cierta edad sin alfabeto para el propio cuerpo, y que un día algo duela tanto que ya no se deje traducir.
Y qué hago cuando es el otro el que llora
La canción tiene una segunda escena que en consulta vale oro. El que canta ve llorar a la persona que ama, y describe su impulso con una honestidad rara: ante esas lágrimas, lo primero que le nace no es acercarse. Es huir. Huir para poder llorar él también, pero lejos, donde el otro no lo vea.
Quien haya estado de verdad frente al llanto de alguien a quien quiere reconoce ese impulso. Las lágrimas del otro no nos dejan neutrales: tocan algo nuestro. Despiertan una pena propia que teníamos guardada, o nos sientan delante de una impotencia que no sabemos sostener no poder arreglar, no poder quitar el dolor, no servir para nada salvo para estar. Y como la presencia desnuda nos resulta insoportable, hacemos algo: Damos un consejo. Cambiamos de tema. Proponemos una solución. Nos levantamos a hacer un té. Cualquier cosa con tal de no quedarnos quietos sintiendo, al lado del otro, lo que sentimos ante lo que el otro siente.
Carl Rogers sostenía que lo que cura en una relación no es la técnica, sino una presencia que no se marcha: alguien capaz de acompañar lo que el otro vive sin necesidad de cambiarlo. Erich Fromm, en «El arte de amar»), distinguía el amor que da del amor que toma: querer no es necesitar al otro, es poder quedarse de pie a su lado mientras le duele. Y Esther Perel lo ha llevado al terreno de la pareja: buena parte de lo que llamamos desencuentro no es falta de amor, sino incapacidad de tolerar la presencia del otro sin huir hacia la gestión. La huida tiene mil formas elegantes. La más común de todas es ayudar demasiado pronto.
Elegir el dolor no es regodearse en él
Conviene aclarar algo, porque la frase de la canción se presta a malentendido. Elegir el dolor no es elegir el sufrimiento. No es instalarse en la herida, repasarla, alimentarla. Eso lo vemos a diario es otra forma de no sentir: convertir el dolor en un relato que se cuenta una y otra vez es una manera de no tocarlo nunca de verdad. Quien sufre de forma crónica muchas veces no está sintiendo; está rumiando, que es casi lo contrario.
Elegir el dolor es algo más simple y difícil: es dejar que la pena que ya está ahí complete su ciclo. Sentirla en el cuerpo, ponerle nombre, dejar que se mueva, y descubrir (esto es lo que casi nadie cree hasta que lo vive) que una pena sentida del todo pasa. No se queda. Lo que se queda es la pena que no se dejó sentir: esa se aloja, ocupa sitio, se vuelve sintoma, se vuelve esa nada amortiguada de la que luego cuesta tanto salir. La rabia que no se siente no desaparece; se transforma en otra cosa. Con la pena ocurre igual.
Nacho Vegas tiene otra canción, «Ser árbol», que dice casi lo contrario y, en el fondo, lo mismo: que para mirar el cielo hay que hundir las raíces en la tierra. Sentir es eso. Hundirse en lo que duele, echar raíz ahí, y comprobar que es justo en ese punto; no en la huida donde uno por fin crece. El dolor, como el resto de emociones, son lugares que hay que aprender a habitar.
Quedarse
Quizá lleves tiempo eligiendo la nada sin haberlo decidido nunca del todo. Si es así, no hay nada que reprocharte: anestesiarte fue, en su momento, lo único que podías hacer, y lo hiciste bien. Lo que cambia hoy es que tal vez ya no estás en aquel peligro. La llave que entonces te salvó puede que ahora solo te esté dejando fuera de tu propia vida.
Y queda la pregunta más íntima, la que de verdad importa. “¿Qué estás eligiendo no sentir? ¿Qué pena, qué rabia, qué deseo llevan tiempo llamando a una puerta que mantienes cerrada porque abrirla, alguna vez, dolió demasiado?” Y si no sabes contestar si solo notas que algo duele y no encuentras el qué, tampoco pasa nada: ese no-saber es, casi siempre, por donde se empieza. Ahí ya hay una conversación pendiente. Contigo, antes que con nadie.
La psicoterapia no soluciona problemas: abre espacios donde lo que estaba sin sitio puede empezar a tenerlo. Si quieres ver si la gestalt encaja con lo que estás viviendo, podemos hablar en una primera entrevista de orientación: tú no te comprometes a nada, yo no te doy un diagnóstico. Es, sin más, una conversación. Puede que la primera, en mucho tiempo, en la que no haga falta elegir la nada.
Bibliografía
— Fromm, Erich. El arte de amar). Paidós, Barcelona.
— Perel, Esther. *Inteligencia erótica*. Diana, Barcelona.
— Perls, Frederick; Hefferline, Ralph; Goodman, Paul. *Terapia Gestalt: excitación y crecimiento de la personalidad humana*. Los Libros del CTP / Sociedad de Cultura Valle-Inclán.
— Rogers, Carl. *El proceso de convertirse en persona*. Paidós, Barcelona.
— Polster, Erving & Miriam. *Terapia gestáltica*. Amorrortu Editores, Buenos Aires.
La pena o la Nada, Ser árbol y otras canciones de Nacho Vegas podéis encontrarlas en el sello Marxophone y Oso Polita.




