
Pérdida ambigua cuando una pareja se transforma sin separarse. Una lectura desde la consulta gestalt y desde La chica danesa (Tom Hooper, 2015).
Hay un duelo que apenas tiene nombre y casi no tiene rituales. Es el de quien acompaña a alguien que ha empezado a transformarse: en la identidad, en la salud, en el deseo, en la fe y descubre que la persona sigue ahí, sigue durmiendo en la misma cama, sigue compartiendo la mesa, y sin embargo el vínculo que sostuvo durante años ha empezado a perder su forma anterior. Llega a consulta a veces sin saber que viene a llorar. Dice que su pareja está bien, que respeta su proceso, que la quiere. Y, aun así, algo dentro está deshaciéndose sin que pueda nombrarlo.
Pauline Boss llamó a este territorio pérdida ambigua. Lo distinguió con una precisión clínica que sigue siendo rara: hay duelos que no se ritualizan porque la persona sigue viva. Boss describió dos formas: la ausencia física con presencia psicológica (el familiar desaparecido, el migrante que no vuelve) y la presencia física con ausencia psicológica (la demencia, la adicción, el desencuentro acumulado). Pero la práctica clínica, una y otra vez, se asoma a una tercera forma que Boss nombra menos y que la consulta de pareja conoce bien: el otro está, está más vivo que nunca, pero ya no está como estaba. Y el vínculo, sin que nadie haya hecho nada mal, pierde el suelo.
Gerda pintando
En 2015, Tom Hooper estrenó La chica danesa, basada en la novela de David Ebershoff y, más libremente, en la vida de Lili Elbe (Einar Mogens Wegener), una de las primeras mujeres trans en someterse a cirugía de reasignación y de su esposa Gerda Marie Fredrikke Gottlieb, pintora de talento ya entonces incómodo de mirar. La película (se ha dicho con razón, y conviene decirlo aquí) hizo una elección de casting (Eddie Redmayne, hombre cisgénero, en el papel de Lili) que la comunidad trans ha leído con justeza como un límite del relato; el propio Redmayne lo ha admitido años después. La pieza de Hooper no es la voz de Lili: es, sobre todo, la voz de Gerda. Y por ahí entra, paradójicamente, lo que esta película puede dar a la consulta.
Hay una escena temprana. Einar, marido de Gerda, le hace de modelo porque la modelo de carne no ha llegado. Se pone unas medias, un vestido. Posa. Y Gerda mira. Lo mira como ya no había mirado a Einar hacía tiempo. La cámara recoge un instante en el que hay deseo, hay descubrimiento, y hay también, debajo, la primera grieta de algo que Gerda todavía no sabe que está perdiendo. Lo está viendo aparecer y, al mismo tiempo, lo está viendo irse.
Hay otro detalle que la consulta agradece. Antes de Lili, Einar pintaba una y otra vez el mismo paisaje: una ciénaga, los fiordos nevados de Vejle, composiciones simétricas y especulares donde el cuadro parecía repetirse a sí mismo. En una escena, Gerda le advierte: “De tanto pintar la ciénaga te perderás en ella”. Y Einar contesta una frase que se queda: “No voy a desaparecer en la ciénaga. La llevo dentro de mí.” El cuerpo hablaba antes de que la palabra alcanzara a llegar. La identidad (en Lili y en cualquiera) suele empezar así: como una imagen que se repite sin que sepamos por qué.
Lo que carga quien se queda
En consulta, lo que más le cuesta nombrar a quien acompaña no es el cambio del otro. Es la imposibilidad de quejarse. ¿De qué se queja una persona cuyo cónyuge está, por fin, siendo quien necesita ser? ¿Cómo se llora a alguien que está más vivo que nunca? La culpa cierra la puerta antes de que el duelo entre. Y el duelo, al no tener salida, se convierte en otra cosa: insomnio, irritabilidad sin causa, una distancia callada que se confunde con falta de amor.
Esto pasa con la transición de género (el caso extremo, el que ilumina la categoría) y también con otros muchos: la pareja que se hace creyente cuando el otro lleva años de ateísmo, la que entra en remisión psiquiátrica después de una década de sostén, la que descubre el propio deseo como queer en mitad de la cincuentena, la que se sobrepone a una adicción y, al hacerlo, deja de ser la que el otro había aprendido a sostener. Todas comparten la misma estructura: alguien se transforma, el otro se queda al lado, y el vínculo no se rompe, pero deja de ser el que era.
Hay una complicación que la película respeta y que la consulta tiene que escuchar. Gerda no es solo quien acompaña: es quien pinta. La psicoanalista Graciela Reid ha leído los retratos de Gerda como señuelo, como fuente del deseo, como reconocimiento previo de una identidad latente a punto de ser develada. Gerda le devuelve a Lili una imagen que Lili necesitaba para emerger; y al hacerlo, sin saberlo del todo, empieza a despedirse de Einar. La pérdida y el regalo están atados, son el mismo gesto. Quien mira al otro emerger está, en el mismo movimiento, perdiendo lo que el otro ya no será. Gerda no llora a pesar de haber pintado a Lili. Llora, en parte, porque la pintó.
Boss propuso una intervención que la psicoterapia de pareja debería tener más a mano: nombrar la pérdida ambigua como pérdida. Permitir el duelo sin exigir resolución. No pedirse a una misma (ni pedirle a la pareja) que el cambio del otro sea solo motivo de celebración. Hay celebración, sí. Y hay pérdida. Y las dos cosas pueden ocupar la misma cama.
El cuerpo lo sabe primero
En la película, mucho antes de que aparezca la palabra Lili, el cuerpo de Einar ya ha empezado a moverse distinto. Hay un gesto que se prolonga, una mano que se apoya en la cadera de un modo nuevo, una respiración que se afloja. La identidad no se descubre primero en la cabeza: se descubre en una postura que el cuerpo, sin permiso de nadie, va probando.
En terapia gestalt trabajamos desde esta evidencia. Lo que Wilhelm Reich llamó armadura y lo que la gestalt llama ciclo de contacto describen, cada uno en su lengua, lo mismo: la verdad de una persona se inscribe primero en el cuerpo, mucho antes de que la palabra alcance a nombrarla. Eso vale para Lili; que necesita meses de cuerpo antes de tener nombre propio y vale también para Gerda, cuyo cuerpo le anuncia el duelo antes de que la cabeza pueda admitirlo.
Carl Rogers escribió que aceptar a alguien sin condiciones no significa estar de acuerdo. Es una distinción clínica importante. Gerda no tiene que dejar de echar de menos a Einar para amar a Lili. Puede hacer las dos cosas. El amor incondicional no exige eliminar la pérdida; exige sostenerla a la vez que se sostiene a quien cambia.
Lo que esta película no es
Vale la pena decirlo claro: esta película no es la voz trans. La crítica que ha recibido por elegir a Eddie Redmayne en el papel de Lili (el propio actor lo ha admitido años después) y por suavizar la dureza de la vida real de Lili Elbe es legítima y se sostiene; en los hechos: hubo cinco intervenciones quirúrgicas, no dos como muestra el film, y la última, un implante uterino con la promesa científica de poder ser madre, le costó la vida cerca de los cincuenta años. Quien quiera entrar en la experiencia trans a través del cine tiene otras puertas, escritas, dirigidas y protagonizadas por personas trans.
Y aun así, la película funciona como disparador clínico para más de una lectura. La de Reid, desde el psicoanálisis posfreudiano, lee el devenir Lili apoyada en Judith Butler, Foucault y Tajer; la de aquí, gestáltica y centrada en Gerda. No son lecturas en conflicto: leen aristas distintas del mismo material. Para una clínica afirmativa LGTBIQ+ (en la línea del trabajo de Gabriel Martin, con quien me formé), la transición de género no es metáfora ni huida: es una verdad encarnada que merece relato propio.
Lo que sí ofrece La chica danesa, casi a su pesar, es un retrato cuidadoso de Gerda. Y en consulta, donde la persona que llega es muchas veces quien se queda, quien acompaña, quien sostiene, quien empieza a sentir un duelo del que no se atreve a hablar, esa mirada importa. Importa porque le devuelve nombre a algo que en la cultura sigue sin tenerlo: el dolor de quien acompaña una transformación profunda del otro, sin haber dejado de quererle, sin querer irse, sin saber qué hacer con la propia pérdida.
Cierre
Al final de la película hay un plano breve, casi sin palabras. Gerda en una playa danesa, sosteniendo la bufanda de Lili al viento. La bufanda se le escapa, vuela. Gerda no la persigue. La deja ir. Y se queda mirando.
Ese es el gesto. No correr detrás de quien se ha transformado para que vuelva a ser lo que era. No retenerle. No exigirle que pague el precio de su libertad con la propia pérdida no llorada. Mirar. Reconocer lo que se va. Reconocer también lo que llega. Sostener las dos cosas sin obligarse a elegir entre ellas.
Y ahora, lector, la pregunta que me importa devolverte: ¿hay en tu pareja, en tu vínculo más cercano, alguien que ha empezado a transformarse sin que tú hayas podido nombrar lo que estás perdiendo? ¿Hay un duelo que no has podido empezar porque la otra persona no se ha ido? Si está, conviene saberlo. La pérdida ambigua que no encuentra palabra suele encontrar cuerpo: una fatiga que no se cura, una ironía nueva, un cierto cierre. Nombrarla es el primer movimiento.
La psicoterapia no soluciona problemas. Abre espacios donde lo que estaba sin sitio puede empezar a tenerlo. También los duelos que la cultura no ritualiza. Si está pasándote algo así y quieres hablarlo, podemos hacerlo en una primera entrevista de orientación: tú no te comprometes a nada, yo no doy un diagnóstico. Es una conversación.
Bibliografía
— Boss, Pauline. La pérdida ambigua. Cómo aprender a vivir con un duelo no terminado. Editorial Gedisa, Barcelona.
— Boss, Pauline. Loving Someone Who Has Dementia: How to Find Hope while Coping with Stress and Grief.Jossey-Bass, San Francisco.
— Butler, Judith. Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del «sexo». Paidós, Buenos Aires.
— Ebershoff, David. La chica danesa. Editorial Anagrama, Barcelona.
— Hooper, Tom. La chica danesa (The Danish Girl). Working Title Films / Focus Features, 2015.
— Martin, Gabriel. Quiérete mucho, maricón. Manual de éxito psicoemocional para hombres homosexuales. Roca Editorial, Barcelona.
— Perls, Frederick. Yo, hambre y agresión. Fondo de Cultura Económica, México.
— Reich, Wilhelm. Análisis del carácter. Paidós, Barcelona.
— Reid, Graciela. «Psicoanálisis, género y subjetividad. La chica danesa». En Psicoanálisis: ayer y hoy, número 15, marzo 2017. AEAPG, Buenos Aires. elpsicoanalisis.org.ar.
— Rogers, Carl. El proceso de convertirse en persona. Paidós, Barcelona.




