
La dificultad de estar al lado de quien sufre sin salir corriendo a resolverlo. Una lectura desde la consulta gestalt a partir de “La habitación de al lado”, de Pedro Almodóvar.
Una mujer me contaba hace poco que su marido había perdido el trabajo y que ella no sabía qué hacer con él. Le preparaba el currículum, le buscaba ofertas, le repetía cada mañana que no se viniera abajo. Y él, mientras tanto, hablaba cada vez menos. Cuando le pregunté qué pasaría si por un momento dejara de ayudarle y simplemente se sentará a su lado, se quedó en silencio. De esa pausa quiero hablar.
Cuando alguien a quien queremos lo está pasando mal, lo primero que aparece casi nunca es la escucha. Es la prisa. Hacer algo, decir algo, proponer algo, lo que sea con tal de no quedarnos ahí quietos viéndolo sufrir. Llega tan rápido que ni lo pensamos. Ya escribí sobre las frases bien intencionadas que, queriendo consolar, acaban hiriendo; esto es lo que viene un paso antes, la prisa por arreglar que las dispara.
La avería que no lo es
Tratamos el sufrimiento del otro como si fuera una avería. Algo que se ha estropeado y que, con suficiente buena voluntad, se puede reparar. Pero acompañar tiene poco que ver con reparar.
Tiene que ver con quedarse cerca mientras la otra persona atraviesa algo que no le podemos ahorrar. En Gestalt a eso lo llamamos contacto: estar de verdad con alguien sin protegerme de él y sin invadirlo, sin necesitar que cambie para que yo esté cómodo. Es bastante más difícil de lo que parece, y casi nadie lo cuenta entre las formas de ayudar.
Lo que estorba, además, no suele ser el dolor del otro. Es el mío. Ver sufrir a alguien remueve cosas: la propia impotencia, el miedo a no saber qué hacer, a veces un dolor antiguo que uno tenía bien guardado. Y ponerse a arreglar es una manera muy cómoda de no notar nada de eso. Mientras me ocupo de tu problema, no tengo que estar con lo que se me ha movido por dentro. Por eso la pregunta que de verdad sirve casi nunca es qué le pasa al que sufre. Es otra, más incómoda: qué hago yo para no tener que quedarme, sin más, a su lado.
La habitación de al lado
Hay una película que lo cuenta mejor que cualquier explicación. En La habitación de al lado, Aquí Pedro Almodóvar sigue a Ingrid, que acepta acompañar a una vieja amiga, Martha, enferma terminal, en sus últimos días. Lo interesante es que Ingrid no es ninguna cuidadora ejemplar: le tiene un miedo cerval a la muerte y no sabe muy bien cómo ponerse. Y aun así va aprendiendo a estar. La historia viene de una novela de Sigrid Nunez, “Cuál es tu tormento”, cuya narradora sabe escuchar por una razón sencilla: ha entendido que todo el mundo necesita que lo escuchen.
El título ya lo dice. La habitación de al lado: cerca, disponible, pero sin meterse en medio. Para acompañar no hace falta ser un gran conversador ni dar con la frase perfecta. Basta con escuchar de un modo que la otra persona se vea reflejada en tu manera de mirarla. La mayoría de las veces eso no incluye ningún consejo, y cuesta aceptarlo.
Lo que cuesta de estar
Estar así es más raro y más caro de lo que parece. Te pide aguantar tu propia incomodidad sin taparla con palabras, quedarte en ese sitio molesto en el que no sabes, no puedes resolver nada y lo único que tienes para ofrecer es tu compañía. Casi todos escapamos de ahí, y lo hacemos de dos maneras. Unos hacen de más: se ponen a resolver, a gestionar, a cargar con el problema ajeno. Otros se retiran: quitan hierro, cambian de tema, desaparecen un rato. Parecen lo contrario, pero por debajo hay el mismo apuro de fondo, que es no soportar quedarse.
Fromm decía que querer a alguien es ocuparse de su vida y de cómo crece, no apoderarse de ella. Cuando me empeño en arreglarte, lo que a veces hago es quedarme con tu dolor para poder cerrarlo a mi ritmo y dejar de sentirme incómodo. Acompañar es lo contrario, aunque suene menos heroico: te devuelvo lo que es tuyo y me quedo cerca mientras lo vives.
A la persona acompañada así, sin que nadie corra a taparle la herida, le pasa algo que ninguna solución le daría. Deja de tener que disimular. Descubre que su dolor no asusta al que tiene al lado, que puede ocupar el espacio que necesite y que el otro no se va a ir por eso. Muchas veces ese es el primer alivio de verdad, antes incluso de que nada se haya arreglado.
Y luego está tu habitación. La próxima vez que alguien a quien quieres lo pase mal, fíjate en qué se te activa primero. Si es la urgencia de hacer, de decir, de encontrarle la salida, puede que todavía no estés con esa persona: que estés buscando la puerta sin darte cuenta. Estar al lado sin salir corriendo no se aprende de golpe. Pero empieza el día en que uno aguanta las ganas de hacer algo y, simplemente, se queda.
La psicoterapia no resuelve problemas; abre un sitio donde lo que duele puede por fin estar. Si quieres ver si la gestalt encaja con lo que te pasa, podemos vernos en una primera entrevista de orientación. No te compromete a nada y yo no te voy a dar ningún diagnóstico. Es una conversación.
Bibliografía
— Nunez, Sigrid. Cuál es tu tormento. Anagrama, Barcelona.
— Fromm, Erich. El arte de amar. Paidós, Barcelona.
— Polster, Erving & Miriam. Terapia gestáltica. Amorrortu Editores, Buenos Aires.




