Hay una escena en Dolor y gloria del director de cine Pedro Almodóvar que concentra, en apenas tres minutos, lo que décadas de literatura clínica han intentado explicar sobre el perdón. Salvador Mallo, interpretado por Antonio Banderas, vuelve a llamar a una puerta que llevaba treinta y dos años cerrada: la de Alberto Crespo, el actor con el que se peleó después del estreno de Sabor. No hay discurso reconciliador. No hay un ¨te perdono¨. Hay un timbre, un abrazo incómodo y, poco después, una raya de heroína compartida. Almodóvar entiende algo que la autoayuda suele pasar por alto: el perdón, cuando ocurre de verdad, es menos un acto luminoso y más un gesto doméstico, cansado y profundamente humano.
La autoayuda anglosajona nos ha dejado otra versión, más ordenada. Una consigna repetida hasta el desgaste: ¨perdónate, ámate, sé amable contigo mismo¨. Suele venir acompañada de una fotografía amanecida, una mano sobre el pecho y una frase en inglés que parece prometer, con suficiente repetición, la reconciliación con uno mismo. Sin embargo el problema no es el mensaje en sí, sino la distancia entre el eslogan y la experiencia real de perdonarse, que es (casi siempre) uno de los gestos más incómodos de la vida adulta.
Conviene, antes de nada, distinguir. La investigación seria sobre autocompasión existe y es sólida. Kristin Neff,psicóloga de la Universidad de Texas, ha definido operativamente la self-compassion como la suma de tres componentes:
- Bondad hacia uno mismo frente al juicio,
- Reconocimiento de la humanidad compartida frente al aislamiento, y
- Mindfulness frente a la sobreidentificación emocional.
Paul Gilbert, desde la Compassion Focused Therapy, la ha vinculado al sistema de afiliación y calma del cerebro social, integrándola en tratamientos clínicos para la vergüenza crónica y la autocrítica patológica. Hay aquí un cuerpo de conocimiento que respetar.
Lo que no hay en esa literatura es la promesa de que el perdón a uno mismo sea un acto voluntario, rápido o limpio. Esa promesa pertenece al self-help divulgativo, no a la clínica. Y tampoco aparece en el cine de Almodóvar, donde los personajes se perdonan cuando lo hacen después de mucho rodeo, mucho silencio y alguna cena.
Perdonarse no es quererse
Desde la psicología humanista el matiz es importante. Perdonarse no equivale a quererse, ni a estar de acuerdo con lo que hemos hecho, ni a dejar de sentir el peso de nuestras decisiones. Carl Rogers, cuando hablaba de aceptación positiva incondicional, no proponía una autocomplacencia amable, sino algo mucho más difícil: la capacidad de sostener la propia experiencia (incluso la que nos avergüenza) sin retirarle el derecho a existir. Perdonarse, en este registro, no es decir ¨está bien lo que hice¨, sino ¨fui yo quien lo hizo, y sigo siendo yo¨.
Es exactamente lo que hace Salvador cuando abre la puerta de Alberto. No le dice que estuvo bien pelearse. No revisa los agravios. Simplemente reconoce que fue él quien lo hizo, que ha pasado el tiempo, y que ese yo de entonces también le pertenece.
Desde la Gestalt, Fritz Perls introdujo una distinción útil: la culpa, cuando se vuelve crónica, deja de ser una emoción y se convierte en un modo de organizarse internamente. La persona no siente culpa por algo concreto, sino que vive enculpa, como un fondo permanente del que toda figura emerge teñida. Perdonarse, en sentido gestáltico, es desmontar ese fondo: devolver a cada acto su tamaño real, su momento, su contexto, y recuperar al sí-mismo del lugar donde quedó atrapado. Es un trabajo de reapropiación de la propia historia, no de absolución.
El cuerpo del no-perdón
La no-aceptación de uno mismo no vive en las ideas, vive en el cuerpo. Quien no se ha perdonado algo ya sea una infidelidad, una ausencia, una cobardía, o incluso una palabra lo sabe antes por la respiración que por el pensamiento. Hay una tensión abdominal, una mandíbula cerrada, un sueño que no termina de llegar. El cuerpo lleva la cuenta, como tituló certeramente Bessel van der Kolk en su libro ya clásico sobre trauma. Por eso el trabajo desde la terapia corporal resulta, en muchos casos, más eficaz que el puramente verbal porque el perdón no se argumenta, se habita.
No es casual que Dolor y gloria sea, ante todo, una película sobre un cuerpo que duele. La migraña, la lumbalgia, el ahogo al tragar. Salvador no puede perdonar porque no puede, literalmente, respirar. Y sólo cuando algo empieza a soltarse en el cuerpo, cuando reaparece el deseo, cuando vuelve a filmar es cuando aparece también la posibilidad del encuentro.
La reciente investigación sobre el nervio vago —a la que dediqué una entrada previa sobre la teoría polivagal confirma lo que la tradición humanista intuía: los estados de autocrítica crónica mantienen al sistema nervioso en una activación simpática sostenida, mientras que la autocompasión genuina activa la rama ventrovagal, asociada a la seguridad y al contacto.
Por qué cuesta tanto
En la cultura mediterránea, y particularmente en la española, el perdón a uno mismo arrastra varias capas que conviene nombrar. Está el sustrato judeocristiano, que ha tratado el perdón como un acto que depende de un otro ¨Dios, el confesor, el ofendido¨ y raramente de uno mismo. Está el mandato familiar, a menudo implícito: ¨en esta casa no se llora¨, ¨tú aguanta¨, ¨otros tienen problemas peores¨. Y está la exigencia contemporánea de ser alguien productivo, luminoso, resiliente, que ha convertido la imperfección en un fallo de marca personal.
No es casualidad que quien mejor ha filmado el perdón en el cine español sea también quien mejor ha filmado la vergüenza. La Gloria de ¿Qué he hecho yo para merecer esto? esa mujer que pide tranquilizantes sin levantar la vista, en una farmacia de barrio y el Salvador de Dolor y gloria son, en realidad, dos estaciones del mismo viaje. De la emoción que calla al gesto que reconcilia. De la cabeza baja al timbre que vuelve a sonar.
Almodóvar ha filmado este territorio durante cuarenta años. Sus personajes (madres, hijas, amantes, vecinos) cargan culpas heredadas, pecados inventados por otros, vergüenzas que no les pertenecen pero que han hecho suyas. Y cuando al fin se perdonan algo, lo hacen casi siempre en cocinas, en camas compartidas, en sobremesas. Nunca en soledad frente a un espejo.
El resultado clínico es una dificultad específica: muchas personas llegan a consulta sabiendo perfectamente qué deberían perdonarse, pero sin ninguna experiencia previa de lo que eso significa. Lo han leído, lo han escrito incluso en un diario, lo han repetido frente al espejo. No ha pasado nada. Porque el perdón, como la vergüenza y como el duelo, no es un acto cognitivo. Es un acontecimiento relacional.
Qué hace la terapia
En la psicoterapia Gestalt el perdón no se prescribe ni se acelera. Se prepara el terreno. Se trabaja primero con la rabia no expresada hacia uno mismo porque debajo del ¨no me perdono¨ hay casi siempre un ¨te odio por esto¨dirigido al propio yo pasado. Se devuelve al contexto aquello que la persona se ha congelado fuera de tiempo: quién era entonces, qué recursos tenía, qué lugar ocupaba. Se sostiene, sin prisa, la incomodidad de seguir siendo el mismo que hizo aquello.
Y en algún momento (no siempre, y por supuesto tampoco a petición) aparece un gesto interno que no se puede fabricar: la persona deja de pelear consigo misma. No se ha absuelto de nada. Simplemente ha dejado de gastar energía en expulsarse.
Una nota final
Perdonarse no es un acto de autocomplacencia ni una técnica de gestión emocional. Es, más bien, una forma de hospitalidad hacia uno mismo: dejar de tratarse como invitado incómodo en la propia vida. No todas las personas necesitan perdonarse de algo concreto; algunas necesitan perdonarse, simplemente, de no haber sido quienes se suponía que debían ser.
Ese, quizás, es el perdón más difícil. Y el que mejor encaja con lo que la psicología humanista lleva décadas señalando, y Almodóvar filmando: que la salud mental no consiste en reconciliarse con un yo ideal, sino en habitar el que efectivamente somos. En abrir, de vez en cuando, puertas que llevaban años cerradas. Y en descubrir que lo que había detrás no era un monstruo, sino alguien que también estaba esperando. Alguien que, como Gloria, llevaba demasiado tiempo hablando en voz baja.
Referencias bibliográficas
Gilbert, P. (2010). Compassion Focused Therapy: Distinctive Features. London: Routledge.
Jankélévitch, V. (1967). Le pardon. Paris: Aubier-Montaigne. [Trad. cast.: El perdón. Barcelona: Seix Barral, 1999.]
Jankélévitch, V. (1971). L’imprescriptible. Pardonner? Dans l’honneur et la dignité. Paris: Seuil.
Naranjo, C. (1990). La vieja y novísima Gestalt: actitud y práctica de una terapia experiencial. Santiago de Chile: Cuatro Vientos.
Neff, K. D. (2011). Self-Compassion: The Proven Power of Being Kind to Yourself. New York: William Morrow.
Perls, F. (1969). Gestalt Therapy Verbatim. Moab, UT: Real People Press.
Porges, S. W. (2011). The Polyvagal Theory: Neurophysiological Foundations of Emotions, Attachment, Communication, and Self-Regulation. New York: Norton.
Rogers, C. (1961). On Becoming a Person: A Therapist’s View of Psychotherapy. Boston: Houghton Mifflin.
Van der Kolk, B. (2014). The Body Keeps the Score: Brain, Mind, and Body in the Healing of Trauma. New York: Viking.
Worthington, E. L. (2013). Moving Forward: Six Steps to Forgiving Yourself and Breaking Free from the Past. Colorado Springs: WaterBrook Press.




