
Una mirada psicológica y humanista (con permiso de Almodóvar) a la emoción que más nos calla.
Madrid, 1984. Una farmacia de barrio, probablemente cerca de la M-30. Gloria entra con el cuerpo derrotado por dieciocho horas de limpiar casas ajenas. Pide, sin levantar la vista, unos Minilips ¨para los nervios¨ —ese eufemismo tan español con el que toda una generación de mujeres pedía anfetaminas como quien pide manzanilla. La farmacéutica, parapetada tras el mostrador con la autoridad civil que solo tienen las batas blancas de barrio, la taladra con una frase que suena casi a diagnóstico:
— – Tendrá el síndrome
– ¿Qué síndrome? ¿y qué es eso?
– Mire señora, vaya al médico, dígale que es drogadicta y que le extienda una receta
– ¿Yo drogadicta? ¡Ja! Y encima me insulta…
– Señora, todo lo que usted me esta pidiendo son drogas
– Bueno, bueno… pues soy drogadicta, drogadicta. ¿Y qué quiere que le haga, que le asalte y que me lo lleve a la fuerza?
– Yo ya le he dicho cuáles son las normas
– ¿Y qué normas hay cuando una tiene que trabajar todo el día y no puede con su alma?
– Eso es cosa suya…
La escena dura menos de dos minutos en ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, y es, sin proponérselo, una de las mejores radiografías cinematográficas de la vergüenza que se han filmado en español. Porque Gloria no había entrado a pedir droga. Había entrado a pedir sobrevivir. Pero ya no importa lo que entrara a pedir: sale etiquetada. Drogadicta.Una palabra que ella nunca se habría puesto a sí misma.
Y ahí está casi todo lo que quiero contarte hoy: la vergüenza es, la mayor parte del tiempo, la palabra que otro nos pone encima antes de que hayamos podido nombrar lo que de verdad nos pasa.
De esa quiero hablar. De la vergüenza que no grita; aunque a veces, como Gloria, patalee.
Lo que pedimos cuando pedimos otra cosa
Fíjate bien: casi todo el que sufre vergüenza habla siempre de otra cosa. Gloria no dice «estoy al borde del colapso»: dice «para los nervios». La paciente en consulta no dice «me avergüenzo de mi cuerpo»: dice «quiero perder tres kilos». El ejecutivo no dice «tengo pánico a que me descubran»: dice «no duermo bien». La adolescente no dice «siento que sobro»: dice «no tengo hambre». Nadie entra en la farmacia (ni en la consulta) a pedir vergüenza. Entramos a pedir otra cosa, y si hay suerte salimos con algún parche que nos sostenga el día.
Desde la psicología del afecto, Silvan Tomkins describió la vergüenza como uno de los afectos primarios: una respuesta corporal antes que una idea. Baja la cabeza, enrojece la cara, se apaga la mirada. Y es, sobre todo, un afecto social: sólo tiene sentido en presencia de otro, real o imaginado. Nos avergonzamos frente a una mirada; aunque esa mirada, como la de la farmacéutica de Gloria, la hayamos interiorizado hace tanto que ya no recordamos de quién era.
Vergüenza no es culpa y es aquí el matiz que importa
Conviene distinguirlas, aunque se parezcan. La culpa dice «he hecho algo malo». La vergüenza dice «soy algo malo». Brené Brown lo resume con una claridad que desarma: la culpa señala una conducta, la vergüenza ataca la identidad.
La culpa, bien gestionada, puede repararse: pides perdón, cambias, aprendes. La vergüenza, cuando se enquista, se vuelve una especie de clima interior. Gloria, en toda la película, no siente culpa (no ha hecho nada malo, sólo tratar de sobrevivir). Siente vergüenza. La vergüenza estructural de quien ha recibido demasiadas veces el mensaje, explícito o implícito, de que su manera de estar en el mundo no vale.
June Tangney y su equipo llevan décadas documentando cómo la culpa correlaciona con empatía y reparación, mientras que la vergüenza crónica se asocia con depresión, ansiedad social, trastornos alimentarios y dificultades en las relaciones íntimas. Puedes ampliar aquí: APA — Shame: Concept, Measurement and Function.
El componente social (y muy español)
Hay que decirlo: la vergüenza, en España, se aprende junto con el padrenuestro. A algunos nos la enseñaron con el libro de religión, a otros con la mirada severa de una tía en una boda, a otros con un «eso no se hace» dicho con un tono que helaba la sangre. Somos herederos de siglos de «qué dirán«, de «no des que hablar«, de catolicismo cultural y de familia ampliada. Gloria, la de Almodóvar, no es un personaje aislado: es un arquetipo. La mujer que sostiene, que no ocupa espacio, que intuye que su deseo es sospechoso y sus anfetaminas, un escándalo.
Almodóvar, en sus primeras películas —Pepi, Luci, Bom; Laberinto de pasiones; Entre tinieblas; la propia ¿Qué he hecho yo para merecer esto!, tiene una intuición psicológica brillante: retrata a personajes a los que la sociedad les ha enseñado a avergonzarse de lo que son (su deseo, su cuerpo, su clase, su orientación, sus ganas) y los filma con una ternura que es casi un acto terapéutico. Les devuelve la dignidad. Por eso, cuando Gloria pide sus Minilips, la cámara no se pone del lado de la farmacéutica: se pone del lado de Gloria. Eso, en 1984, era casi una revolución psicológica. Y lo sigue siendo. Puedes revisar la filmografía completa del primer Almodóvar en la web de su productora, El Deseo.
Porque lo que cura la vergüenza, en última instancia, es otra mirada.
Cómo aparece en el día a día
La vergüenza crónica rara vez se presenta con su nombre. Suele llegar disfrazada:
- Como autocrítica feroz: «soy un desastre», «no valgo nada». La farmacéutica, pero dentro.
- Como exigencia perfeccionista, porque cualquier error nos deja expuestos.
- Como dificultad para recibir: elogios, afecto, ayuda, regalos (el clásico «no, no hacía falta, de verdad»).
- Como retirada social o evitación de la intimidad real.
- Como sensación permanente de impostura —el síndrome del impostor es, en el fondo, vergüenza travestida de duda—.
- Como cuerpo encogido, voz baja, mirada huidiza.
- Como rabia desproporcionada cuando alguien nos señala algo, por suave que sea el señalamiento (también, si hace falta, pataleando en una farmacia).
Es, sobre todo, una emoción corporal. Se siente en el pecho, en el estómago, en la garganta. Y tiene una función muy concreta: nos hace querer desaparecer. Trágame tierra, decimos en España. Literalmente.
Si reconoces alguna de estas formas en ti, quizá te interese leer también el post sobre autoestima y crítica interior o el de ansiedad social.
Vergüenza sana y vergüenza tóxica
No toda vergüenza es problemática. La vergüenza sana es momentánea, proporcional y funciona como brújula social: me avisa de que he cruzado un límite, me ayuda a reparar, me recuerda que pertenezco a algo más grande que yo. (También es la que impide, afortunadamente, que vayamos por la calle diciéndole a la gente lo que de verdad pensamos de su corte de pelo.)
La vergüenza tóxica, término que popularizó John Bradshaw en los ochenta es muy distinta. Es permanente, desproporcionada y, lejos de regular, destruye. Suele instalarse pronto, en infancias donde el niño recibió el mensaje, explícito o implícito, de que había algo defectuoso en él. No en lo que hacía: en lo que era. Crecer con ese mensaje deja una huella que, sin trabajo terapéutico, puede durar toda la vida.
¿Qué ayuda?
Lo primero, y no es poco: nombrarla. La vergüenza pierde fuerza en cuanto se dice en voz alta. Por es importante trabajarla en el espacio terapéutico: porque es un lugar donde aquello que habitualmente escondemos puede ser mirado sin que una farmacéutica metafórica te devuelva la palabra equivocada.
Desde la terapia basada en la compasión, Paul Gilbert ha trabajado mucho cómo desactivar los circuitos de amenaza interna (ese juez interior que nos avergüenza) y activar en su lugar sistemas de calma y cuidado. No se trata de convencerse de que uno es maravilloso. Se trata de aprender a tratarse con la misma amabilidad con la que uno trataría a alguien querido. Su fundación tiene recursos abiertos muy útiles: Compassionate Mind Foundation.
Otras vías que suelen ayudar en consulta:
- Entender la historia de esa vergüenza. ¿De quién era esa mirada original? ¿A qué familia, a qué escuela, a qué bata blanca de barrio pertenece?
- Trabajar el cuerpo. La vergüenza vive ahí, y desde ahí se desarma.
- Reconstruir relaciones seguras. La vergüenza se cura en vínculos donde uno puede mostrarse sin máscara.
- Permitir la vulnerabilidad en dosis pequeñas. No hace falta exponerse de golpe; basta con empezar.
- Revisar los mandatos culturales que hemos tragado sin masticar. Mucho de lo que pesa no es nuestro: es heredado.
Volver a Gloria
Al final de ¿Qué he hecho yo para merecer esto!, Gloria se queda sola en el piso. Los hijos se han ido, el marido ha muerto (el famoso hueso de pata de jamón serrano convertido en arma del crimen, puro Almodóvar), el ruido ha cesado. Y hay un plano en el que mira por la ventana y, por primera vez en toda la película, respira. No ha cambiado su clase social, ni su precariedad, ni su barrio. Lo que ha cambiado es la mirada: ya no se ve a sí misma a través de los ojos que la avergonzaban.
Ni a través de los ojos de la farmacéutica.
Ese plano, para mí, es una de las mejores metáforas de lo que ocurre en un proceso terapéutico bien llevado. No desaparece el mundo; de hecho, siguen habiendo farmacéuticas, suegras, jefes, ex parejas y maestros severos dispuestos a etiquetarnos con una palabra que no es la nuestra. Lo que si aparece es un cambio en la mirada con la que uno se mira. Y con eso, a veces, basta para empezar a vivir de otra manera.
Incluso sin Minilips. Y sin necesidad de pata de jamón.
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Si algo de lo que has leído te ha resonado y quieres explorarlo en un espacio tranquilo y confidencial —y libre de farmacéuticas que te diagnostiquen—, puedes escribirme desde la página de contacto, conocer cómo trabajo o leer más sobre la terapia individual. En el blog encontrarás también otras reflexiones sobre emociones difíciles, vínculos y autoconocimiento.
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Referencias y lecturas recomendadas
- Brown, B. (2012). Listening to Shame [charla TED]. Ver charla
- Gilbert, P. The Compassionate Mind Foundation. co.uk
- Tangney, J. P., & Dearing, R. L. (2002). Shame and Guilt. Guilford Press.
- Tomkins, S. S. (1963). Affect Imagery Consciousness, Vol. II: The Negative Affects.
- Bradshaw, J. (1988). Healing the Shame That Binds You.
- El Deseo (productora de Pedro Almodóvar). es




