
Sobre la diferencia entre compadecer, sentir lástima y fundirse con el otro. Una lectura desde la consulta gestalt sobre lo que hacemos para no quedarnos delante de lo insoportable.
Hay noticias que no se pueden leer hasta el final. El cuerpo lo decide antes que nosotros: una contracción en el estómago, el dedo que pasa de largo, la mandíbula que se aprieta. Y en cuanto el cuerpo se ha retirado, aparece la frase. A veces es una sentencia: «para eso no hay perdón». A veces es lo contrario, un derrumbe: «pobre, qué horror, no quiero ni pensarlo». Las dos frases parecen opuestas. Las dos hacen lo mismo: nos sacan de delante de lo que acabamos de ver.
En consulta ocurre algo parecido, a otra escala. Alguien cuenta algo de lo que se avergüenza —una crueldad, una cobardía, un daño hecho a quien más quería— y mientras lo cuenta no me mira a los ojos. Me mira la cara. Busca en ella una de dos cosas: la condena o la lástima. Lo que no espera, lo que casi nunca ha recibido, es lo tercero. Alguien que no sube a juzgar ni baja a compadecerse, y se queda.
Desde arriba o desde dentro
La lástima mira desde arriba. Compadece, pero a una distancia que garantiza que aquello nunca podría pasarme a mí. Es amable y es fría al mismo tiempo, y quien la recibe la reconoce enseguida: se siente menos, no acompañado. La condena vive en el mismo piso, con peor carácter. Las dos necesitan que el otro quede a una altura distinta de la mía. Ya escribí sobre las frases bien intencionadas que hieren; la lástima es su versión silenciosa, la que no necesita decir nada para dejar al otro pequeño.
La simpatía hace lo contrario. Se funde. Sufre contigo hasta que ya no se sabe quién sufre. En Gestalt tenemos una palabra para eso: confluencia, la pérdida de la frontera entre yo y el otro. Parece amor, y a menudo lo es, pero deja al otro sin nadie enfrente. Si lloro tu llanto, te quedas otra vez solo con él, y además con la tarea de cuidar el mío. Brené Brownlo explica con una imagen sencilla: la simpatía se asoma al pozo desde el borde y comenta; la empatía baja, se sienta al lado y no intenta convertir la oscuridad en otra cosa.
La palabra lo dice, si se la escucha: compadecer es padecer con. No padecer por el otro, desde arriba, ni padecer en su lugar, desde dentro. Con. En castellano la compasión arrastra mala fama, la confundimos con la pena o con la limosna, y quizá por eso nos cuesta ver que es la más exigente de las posturas posibles. La compasión, tal como yo la entiendo en consulta, no es ninguna de las dos anteriores. Es la capacidad de quedarse delante de otro sin subirse a un pedestal ni disolverse en él. Con frontera y con contacto. Que es, dicho de otro modo, lo más difícil que se le puede pedir a un cuerpo delante de lo que no soporta.
Doce personas en una sala
Pensemos en un jurado. Doce personas a las que se pide que decidan sobre alguien que hizo lo que nadie puede mirar. Doce cuerpos encerrados durante días, y no se ponen de acuerdo. Es fácil leer ese desacuerdo como un fallo del sistema. Yo lo leo de otra manera: como la prueba de que es casi imposible sostener a la vez el horror y la humanidad de quien lo causó. Cada uno de los doce está haciendo lo que hacemos todos delante de la noticia. Unos suben a la condena para no sentir. Otros se hunden en la compasión para no ver. Y unos pocos, quizá, se quedan en la mitad, sin sitio donde apoyarse. Esos son los que no dejan que la sala termine.
Lo interesante es que a esas doce personas no se les pide que sientan. Se les pide que decidan. Y descubren que no pueden decidir sin sentir, y que sentir no les dice qué decidir. La compasión no resuelve ese problema ni absuelve a nadie; tampoco dicta la sentencia ni la rebaja. Lo único que hace, y no es poco, es impedir que el otro deje de ser una persona mientras se le juzga. Fromm decía que amar es, antes que nada, conocer: ver al otro tal como es y no tal como necesito que sea para tranquilizarme. Compadecer es una forma de ese conocer. No exige entender. Exige no irse.
Lo que se mueve antes de la frase
Vuelvo a la consulta, porque es el sitio desde el que puedo hablar. Cuando alguien me cuenta lo peor que ha hecho, yo también noto algo antes de la palabra. A veces un retroceso en la espalda, un pequeño alejamiento; a veces lo contrario, el impulso de rescatar, de decir «no fue tan grave», de quitarle peso. Los dos movimientos me sacan de delante. La pregunta que me hago no es qué siente el paciente. Es qué hago yo para no sentir lo que su relato me despierta: la parte de mí que reconoce algo, la que preferiría no reconocerlo.
Es ahí donde la vergüenza cambia de mano. Quien confiesa espera que su vergüenza sea confirmada por mi cara. Si en mi cara encuentra lástima, se confirma; si encuentra condena, también. Solo cuando encuentra una mirada que se queda, sin fundirse ni juzgar, la vergüenza deja de ser un veredicto y pasa a ser algo que se puede mirar entre dos. Eso no lo cura. Pero lo vuelve habitable. Y sostener esa mirada, semana tras semana, no es una virtud del terapeuta: es algo que también hay que sostener desde fuera.
Quien recibe compasión así, sin absolución y sin lástima, recibe algo raro: la experiencia de seguir siendo alguien después de haber sido visto en lo peor. No le devuelve lo que rompió. Le devuelve el sitio desde el que puede, tal vez, hacerse cargo.
Y queda la otra sala, la tuya. La próxima vez que una noticia te haga apartar los ojos, o te haga dictar sentencia en dos segundos, o te deje llorando sin saber por quién, fíjate en el orden. Primero se movió el cuerpo. Después vino la frase. En el hueco entre las dos está la única pregunta que importa aquí: qué hiciste para no quedarte delante. Doce personas encerradas en una sala tardan días en responderla. Nosotros solemos tardar dos segundos.
En psicoterapia no se dictan sentencias. Se abre un espacio donde lo que uno ha hecho, y lo que le han hecho, puede mirarse con alguien que no se va. Si te reconoces en algo de esto, una primera entrevista de orientación es exactamente eso: una conversación sin veredicto.
Bibliografía
— Brown, Brené. El poder de ser vulnerable. Urano, Barcelona. Ficha de autora en brenebrown.com.
— Fromm, Erich. El arte de amar. Paidós, Barcelona.
— Polster, Erving & Miriam. Terapia gestáltica. Amorrortu Editores, Buenos Aires.
— Asociación Española de Terapia Gestalt (AETG).




