
Sobre cómo una canción de 1992, una película de 2025, un filósofo coreano y nuestra forma de relacionarnos cuentan exactamente la misma historia.
Hay una canción de Massiel que describe, verso a verso, el arco emocional exacto de Pillion, la película de Harry Lighton que ha sacudido Cannes, los BAFTA y la conversación sobre cómo el cine cuenta y a quién le cuenta las historias de amor entre hombres. No es casualidad. Es que el amor tiene una estructura. Y los que saben contarlo llegan al mismo sitio.
Pero hay alguien más que llegó al mismo sitio por otro camino. En La agonía del Eros, el filósofo Byung-Chul Han sostiene que el amor auténtico exige la presencia de un otro radical alguien que no puedes asimilar, controlar ni convertir en reflejo de ti mismo. Sin esa alteridad, dice Han, el Eros muere. Y lo que queda no es amor: es consumo disfrazado de afecto.
Pillion es, sin pretenderlo es la ilustración cinematográfica de esa agonía.Y esto no es solo una crítica de cine ni un ejercicio filosófico. Es una invitación a mirar un patrón en el que todos nos reconocemos ya sea en la pareja, en el entorno, en nosotros mismos y que rara vez nombramos.
El amor como frecuencia: lo que se detecta antes de entenderse
Massiel canta que el amor empieza como «un rayo de luz indirecta, un timbre a lo lejos, una brisa ligera.» Así aparece Ray, Alexander Skarsgård magnético hasta lo insoportable; en la vida de Colin, este utimo un hombre tímido y sin rumbo que interpreta Harry Melling con una precisión que desarma. Un perfil entre la niebla del pub. Una presencia que todavía no tiene nombre.
No es amor todavía. Es una frecuencia que se detecta antes de comprenderse. Han diría que ese instante (antes de que el otro tenga nombre, antes de que lo clasifiquemos) es precisamente donde reside la potencia del Eros. El otro como misterio, como lo que no podemos reducir a categoría. El momento en que algo nos desestabiliza y, en lugar de huir, nos dejamos desestabilizar.
¿Quién no ha sentido eso? No necesariamente con una persona. Con una ciudad que te atrapa nada más pisar sus calles. Con un proyecto que te encuentra a las tres de la mañana. Con una idea que se instala y ya no te suelta. Ese es el amor en todas sus formas. Empieza siempre igual: como algo que se intuye antes de poder explicarse.
En el contexto LGBTQI+, esa frecuencia inicial suele llegar cargada de una capa adicional: la duda. ¿Lo que siento es legítimo? ¿Puedo nombrarlo? ¿Me está permitido perseguirlo? Para muchos hombres gay, bisexuales y personas de identidades no normativas, el primer acto de amor no es la entrega — es el reconocimiento de que lo que sienten merece existir.
La entrega: cuando ceder no es debilidad
«Te hipnotiza, te hace soñar. Y sueñas, y cedes, y te dejas llevar.» Colin no decide entregarse a Ray. Se deja llevar. Su sumisión (dentro de una relación BDSM que la película retrata sin moralizar) no empieza con un pacto explícito. Empieza con el cuerpo que responde antes que la razón. Massiel lo sabía: el amor «te mueve por dentro y te hace ser más.»
Han describe algo parecido cuando habla del Eros como una experiencia de herida voluntaria. Amar implica aceptar ser vulnerado por el otro. No como accidente, sino como condición. Sin esa apertura al daño, el vínculo se queda en superficie en transacción, en consumo, en lo que Han llama «el infierno de lo igual.»
Y aquí Pillion muestra algo con una honestidad poco frecuente en el cine: la entrega es también un acto de vulnerabilidad corporal. No se trata solo de emociones flotantes. Se trata de piel, de presencia física, de lo que el cuerpo sabe y dice antes de que la mente lo procese.
En las relaciones LGBTQI+, la vulnerabilidad tiene un peso particular. Vivimos en una sociedad que celebra la visibilidad, pero no siempre garantiza la seguridad. Que dice «sé tú mismo» pero sanciona las formas de amor que no entiende. Entregarse ya sea a otra persona, a una comunidad o incluso a la propia identidad siempre va a requerir un acto de coraje que a menudo se minimiza o se da por hecho.
La combustión: lo que te destruye y te crea con la misma mano
«Te alza, te lanza, te quema. Te disuelve, te evapora, te destruye, te crea.» Lighton filma esto con dos cuerpos. Pero lo vivimos cada vez que una relación con una persona, con una estructura social, con una versión de nosotros mismos nos reconstruye desde dentro. Hay creación, sí. Colin de hecho descubre facetas de sí mismo que desconocía. Sin embargo, el precio es siempre la disolución de lo que eras antes.
Han lo formula en términos filosóficos: el Eros es, por definición, una experiencia de muerte del yo. No una muerte definitiva, sino un desmoronamiento necesario lo que él llama «la negatividad del otro» que nos permite renacer transformados. Sin esa muerte parcial, no hay crecimiento. Hay solo acumulación.
Esto no es exclusivo del amor romántico. Es el patrón de toda relación transformadora: el mentor que te abre una puerta y luego te deja solo al otro lado. La comunidad que te acoge y después te exige lealtad incondicional. El trabajo que te da propósito y luego te consume. La relación con una pareja que te hace sentir vivo y, sin que sepas cuándo exactamente, empieza a vaciarte.
En terapia se trabaja con esta paradoja: el mismo vínculo que nos sostiene puede ser el que nos quiebra. No porque sea malo. Sino porque toda construcción implica demolición.
El descenso: cuando la vulnerabilidad se vuelve inadmisible
Massiel describe el derrumbe con una precisión que escuece: «El amor te hace burla, se ríe de ti. Mientras tú sigues quieto sin saber qué decir.» Es la segunda mitad de Pillion. Ray que se distancia. Colin que no tiene lenguaje para retenerlo. Que se queda en la quietud del que no sabe cómo pedir lo que necesita.
Han ilumina este punto desde otro ángulo. Argumenta que la depresión contemporánea no nace de la carencia, sino de un exceso de positividad; de una cultura que ha eliminado la negatividad, la fricción, lo que duele. En esa cultura, ya no sabemos qué hacer con el sufrimiento que el amor produce. No tenemos herramientas para habitarlo. Y cuando aparece cuando la relación deja de ser placentera y empieza a exigir solo sabemos hacer una cosa: desconectar.
Pero la pregunta que la película plantea y que tanto Massiel como Han ya intuían — es más incómoda:
¿por qué nos cuesta tanto mostrar que necesitamos al otro?
En el colectivo LGBTQI+, esta pregunta tiene raíces profundas. Años de aprender a protegerse, de medir cuánto se revela y a quién, de construir una coraza que funcione en entornos hostiles. Esa coraza no desaparece cuando encuentras a alguien. A veces, cuanto más cerca está la intimidad, más fuerte se cierra la armadura.
La vergüenza esa emoción que no grita, sino que se retira juega un papel central. No la vergüenza de ser quién eres, que muchos ya han trabajado. Sino la vergüenza de necesitar. De ser frágil. De que alguien te vea sin las herramientas que te has fabricado para sobrevivir.
Massiel lo clava: «Te empuja a ser malo, y te deja hecho mierda.» No porque el amor sea cruel. Sino porque la incapacidad de mostrarnos vulnerables convierte cualquier relación en un campo de batalla silencioso.
Creatividad y Cuerpo.
Los tres nombres en el pecho de Ray: lo que no se dice
Hay un detalle en Pillion que no es menor. En el pecho de Ray, tatuados, aparecen tres nombres de mujeres.
La película no los explica. No hay flashback, no hay confesión, no hay diálogo que los justifique. Están ahí. Y ese silencio es más elocuente que cualquier exposición.
Porque Ray (el dominante), el que controla la escena, el que establece las reglas del juego lleva inscrito en la piel una historia que no puede controlar. Una vida anterior. Relaciones que existieron, que dejaron marca, que él eligió grabar de forma permanente en su cuerpo. Y después, en algún punto que la película no muestra, algo cambió.
Han habla de cómo la sociedad del rendimiento ha colonizado incluso el deseo: el otro se convierte en objeto de consumo, la pareja en proyecto optimizable, la intimidad en algo que se gestiona en lugar de habitarse. Ray parece haber vivido eso con tres mujeres distintas y ahora lo repite con Colin, pero con una variante: la intensidad del BDSM como sustituto de una intimidad emocional que no sabe construir de otro modo.
Los nombres están ahí como un mapa de un territorio que Ray abandonó, pero no ha procesado. Y eso nos dice algo fundamental: la persona que ejerce el control en una relación no siempre es la más fuerte. A veces es la que más miedo tiene de soltar.
La desaparición de Ray: preguntas sin respuesta fácil
Ray desaparece de la vida de Colin. Sin aviso. Sin cierre. Sin el tipo de despedida que permitiría entender, elaborar, seguir adelante.
Pillion no explica por qué. Y creo que eso es lo más honesto que hace la película. Porque las desapariciones reales tampoco vienen con explicaciones. Pero el film deja suficientes hilos para que cada espectador tire del que más le resuene. Y creo que vale la pena nombrar algunos:
- ¿Homofobia interiorizada no resuelta? Esos tres nombres de mujer sugieren un pasado heteronormativo. Ray puede vivir su deseo con intensidad, pero quizá no ha integrado esa intensidad en una identidad que se sostenga. Puede amar a Colin, pero no puede sostenerse en ese amor si contradice algo más profundo que no ha desmontado. No es que no quiera es que no puede ser lo que todavía no se ha permitido ser.
- ¿Apego evitativo? Ray construye intimidad a través de la estructura el BDSM como marco pactado donde la cercanía tiene reglas, límites, protocolo. Pero cuando la relación empieza a pedir una vulnerabilidad emocional que no está ritualizada cuando Colin necesita algo que no cabe en una escena Ray no sabe qué hacer. La dominación era su forma de estar cerca sin estar expuesto. Cuando la exposición se vuelve inevitable, huye.
- ¿Bisexualidad no elaborada, duelo identitario? Los tres nombres no son necesariamente un pasado falso. Pueden ser relaciones reales que también fracasaron. Ray repite el patrón: intensidad, combustión, fuga. No es que no quiera a Colin. Es que no sabe quedarse con nadie. El duelo no es por una orientación es por una forma de vincularse que nunca aprendió a sostener.
- ¿La agonía del Eros hecha carne? Quizá la lectura más profunda es la que Han nos permite articular. Ray intuye que el Eros exige algo que él no puede dar: la rendición ante lo que no controla. Amar a Colin de verdad no como escena, no como juego, sino como entrega real ante un otro que es radicalmente otro — implicaría una muerte del yo que Ray no está dispuesto a atravesar. Y desaparece no por falta de amor, sino porque el amor le exige más de lo que su estructura puede soportar.
- ¿Vergüenza estructural? Conecta con todo lo anterior. Ray no desaparece porque deje de sentir. Desaparece porque sentir tanto le resulta insoportable. Porque mostrarse necesitado él, el dominante, el que siempre tiene el control le parece una traición a la única identidad que le funciona. La vergüenza no grita. Se retira.
Ninguna de estas lecturas excluye a las demás. Probablemente las cinco operan a la vez. Y eso es lo que hace que la desaparición de Ray sea tan devastadora: no es un acto de crueldad. Es un acto de supervivencia de alguien que no ha aprendido otra forma de gestionar lo que siente.
«Y de pronto se para, y te ve, y se apiada»
El último verso de Massiel es el plano final de Lighton. Esa pausa. Esa mirada. No es redención. No es reconciliación. Es algo más honesto que todo eso: el reconocimiento de que hubo algo real entre los escombros.
Pillion no es solo una película sobre BDSM. La canción de Massiel no es solo una canción sobre el desamor. Y La agonía del Eros no es solo un ensayo filosófico sobre el deseo. Los tres son cartografías del mismo territorio:
El amor como fuerza que construye y arrasa con la misma mano. Y lo que nos pasa cada día en la pareja, en la familia, en la comunidad, en la relación con nosotros mismos ese es el mismo arco. La seducción, la entrega, la combustión, el derrumbe, y solo si hay suerte, la pausa donde algo se apiada.
Vivimos en una sociedad que pide autenticidad y castiga la vulnerabilidad. Que celebra la empatía en un post y la penaliza en una reunión. Que nos dice que nos cuidemos y después nos mide por lo que producimos. Que nos conecta con mil personas y nos deja más solos que nunca.
Han nos advierte: cuando el otro desaparece cuando lo convertimos en espejo, en producto, en extensión de nuestro propio relato el Eros agoniza. Y con él, la posibilidad de transformarnos. Porque solo lo que nos hiere nos cambia. Y solo lo que nos cambia nos hace estar vivos de verdad.
La pregunta no es si vamos a vivir ese ciclo. La pregunta es si vamos a reconocerlo mientras lo estamos viviendo. Y si, cuando lo reconozcamos, tendremos el valor de quedarnos en lugar de desaparecer como Ray, con tres nombres en el pecho y una historia que no supo contar.
Si algo de lo que has leído te resuena — sobre la vulnerabilidad en tus relaciones, sobre la dificultad de mostrarte, sobre patrones que se repiten sin que sepas cómo frenarlos — el trabajo terapéutico puede ser ese espacio donde dejar de huir. Juan José Alcázar trabaja desde la psicología afirmativa y la terapia Gestalt en Barcelona, con especial atención a la diversidad sexual y de género.
Referencias
Película: Pillion (2025). Dirigida por Harry Lighton. Con Harry Melling y Alexander Skarsgård. Basada en la novela Box Hill de Adam Mars-Jones. Distribuida por A24 (EE.UU.) y Picturehouse (Reino Unido).
Canción: El amor, de Massiel (1992).
Ensayo: La agonía del Eros, de Byung-Chul Han (2012). Editorial Herder.




