
Sobre las parejas que ya no se pelean, y el silencio que ocupa el lugar.
Una mujer, en el suelo del dormitorio, intenta quitarse unas botas militares que no son suyas. Forcejea con los cordones. Tira hacia arriba, tira hacia abajo. No puede. El hombre que las dejó allí —su marido— acaba de subir al taxi que lo lleva al aeropuerto, otra vez a Bruselas. Ella se ha sentado en la cama después de oír cerrarse la puerta de la calle, se ha puesto aquellas botas como quien se pone un cuerpo prestado, y ahora no se las puede quitar sola. Termina llamando por teléfono a una amiga para que venga a casa a sacárselas.
Almodóvar rodó esta escena en 1995, en La flor de mi secreto. Llevo casi treinta años viéndola en consulta.
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Las parejas que llegan a mi consulta gritándose son las más fáciles. Eso lo aprendí pronto. Lo que aún se grita aún se siente. Lo que se discute, se sostiene. Donde hay conflicto hay un contra, y un contra implica todavía dos. Las que me preocupan son las otras. Las que entran por la puerta ordenadas, educadas, sin reproches, y dicen: «No sabemos muy bien qué nos pasa. Todo está bien. Pero no estamos bien.» Esas parejas vienen a hablarme de un silencio.
En la clínica de pareja la pregunta útil rara vez es qué siente cada uno de los dos. La pregunta útil —la que da material para trabajar, la que abre algo— es qué está haciendo cada uno para no sentir lo que está sintiendo. Y, un paso más allá, qué hace la pareja como sistema para no contactar con lo que le pasa junta. Porque hay parejas enteras organizadas, durante años, en torno a la evitación. La rutina, los hijos, el calendario compartido, la lista de la compra: cualquier cosa antes que tener que mirarse y preguntarse en voz alta si esto que tenemos sigue siendo lo que vinimos a hacer aquí.
Byung-Chul Han escribe en La agonía del Eros que en la sociedad del rendimiento la pareja también se vuelve un proyecto eficiente. Y los proyectos eficientes, dice, no admiten el ruido de la otredad. Necesitan, para funcionar, que el otro deje de ser otro y se convierta en una pieza previsible. Lo que muchas parejas llaman «estabilidad» se parece a eso: una funcionalidad sin sobresaltos, sostenida sobre un acuerdo tácito de no preguntar demasiado. No discutir es un logro, se dice. Y lo es, a veces. Pero hay otras veces en las que no discutir es solamente que hace tiempo que cada uno hace su vida en paralelo a la del otro, sin estorbarse.
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A Leo, en algún momento de la película, le pasa lo que les pasa a muchas personas en consulta: el silencio finalmente se rompe. Y lo que se oye no es lo que esperaban. Ella le pregunta a Paco, en la cocina, ya con las maletas hechas, si la sigue queriendo. Él contesta: «Te quiero, Leo. Pero como a una hermana.»
Esa frase es la que arruina la película. Y es la que, en otra forma, llevan los pacientes a casa después de algunas sesiones. No el grito, no la infidelidad, no la traición. La constatación de que el lugar donde uno creía estar siendo amado lleva años vacío. La pérdida ya había ocurrido. Solo faltaba que alguien pusiera en palabras lo que el cuerpo sabía hace tiempo. Por eso forcejeaba ella con los cordones de las botas. El cuerpo siempre sabe antes que la cabeza. Y se queda agarrado a lo que la cabeza todavía no acepta soltar.
Pauline Boss llamó a esto pérdida ambigua. Habló de los duelos sin cuerpo: el padre con Alzheimer que está y no está, el hijo emigrado que llama una vez al mes, el país que dejaste hace veinte años. Pero su descripción más precisa es la que sirve para esta escena: la presencia ausente. Alguien que sigue compartiendo la cama, la dirección postal, el apellido de los hijos, y que sin embargo se ha ido del vínculo hace tanto que ya nadie sabe en qué momento exacto se fue. Esos duelos no se ritualizan. La cultura no nos ha enseñado a llorar a un marido que vuelve a casa cada viernes, ni a una mujer que sigue durmiendo en el otro lado del colchón. No hay funeral para la presencia ausente. Hay, eso sí, un cuerpo que acumula el duelo no llorado en forma de insomnio, contractura, tristeza sin causa, fatiga sin razón.
Por eso muchas parejas no vienen a salvarse. Vienen a despedirse, aunque no lo sepan al cruzar la puerta. Vienen a poder hacer en consulta lo que en casa no se pudieron decir. A veces en una sola sesión, a veces en treinta. Y el trabajo del terapeuta no consiste, en esos casos, en convencerlos de que se queden. Consiste en sostener el espacio para que la frase pueda finalmente salir.
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Cuando una pareja se queda —porque también ocurre, y a menudo— lo que se restaura no es la calma. La calma era el problema. Lo que se restaura es la posibilidad de aparecer otra vez el uno frente al otro como dos sujetos distintos. Es decir: la posibilidad del contacto. Que es la única cosa que la psicoterapia, en cualquiera de sus formas, sabe acompañar.
Esther Perel lo dijo de un modo que ya no se puede mejorar: el deseo necesita distancia. Necesita poder mirar al otro desde lejos y reconocerlo todavía como otro. El problema de muchas parejas largas no es que se hayan acercado demasiado. Es que se han evaporado el uno al otro. La distancia que el deseo necesita es la distancia del otro real, no la del otro ausente. Para volver a desear hace falta primero volver a ver. Y para volver a ver, hace falta haber dejado de hacer como si.
Es un trabajo lento. No tiene mucho que ver con técnicas de comunicación, ni con ejercicios para volver a la complicidad de cuando se conocieron. Tiene que ver con permitir que cada uno deje de ser, durante un rato, lo que el otro ha decidido que es. Dejar caer la fotografía del cónyuge que se construyó hace quince años y arriesgarse a mirar a la persona que está sentada enfrente hoy. Casi siempre da miedo. Casi siempre el miedo está justificado: lo que aparece cuando uno mira de verdad no siempre es lo que esperaba encontrar. Pero esa es la condición. No hay versión ahorrada.
Y conviene decirlo sin victimismos: a veces lo que se restaura no es la pareja sino la posibilidad de despedirse mirándose. La despedida también es contacto. A veces es el último contacto que quedaba posible, y el más honrado.
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Al final de la película, Leo está sentada delante de una máquina de escribir. Vuelve a escribir, pero esta vez no firma con seudónimo. Paco no ha vuelto. La casa está más vacía y, a la vez, más habitada. Lo que se ha ido se ha ido. Lo que ha quedado, ha quedado del todo. Almodóvar no la rodea de música épica. La deja ahí, escribiendo, con la luz de la mañana entrando por la ventana del salón. Es uno de los finales más serenos de su filmografía, y uno de los más exigentes: no consuela, no promete nada. Solo deja constancia de que, después del silencio, hay vida.
A los lectores que han llegado hasta aquí, una sola pregunta. ¿Hace cuánto que no le hace usted, a la persona con la que comparte la cama, una pregunta que no pueda responderse en cinco palabras?
Bibliografía
Boss, P. (2001). La pérdida ambigua: cómo aprender a vivir con un duelo no terminado. Gedisa.
Fromm, E. (1956). El arte de amar. Paidós.
Gottman, J. y Silver, N. (1999). Siete reglas de oro para vivir en pareja. Plaza & Janés.
Han, B-C. (2014). La agonía del Eros. Herder.
Kaufman, G. (1989). The Psychology of Shame. Theory and Treatment of Shame-Based Syndromes. Springer.
Perel, E. (2007). Inteligencia erótica. Diana.
Rogers, C. R. (1961). El proceso de convertirse en persona. Paidós.




