
La debilidad, la herida, lo que duele. Una lectura desde la consulta gestalt sobre la armadura que construimos para no sentirnos expuestos, y sobre la pregunta que la orilla contraria tampoco resuelve: ¿hay que sentirlo todo?
Hay quien llega a consulta orgulloso de algo que, dicho en voz alta, suena casi a mérito: “a mí esto no me afecta”. Lo dice de una ruptura, de un despido, de la muerte de alguien. Lo dice sin que le tiemble la voz, a veces con una media sonrisa, como quien enseña una cicatriz que ya no duele. No miente. Ha trabajado mucho para que sea verdad. Lo que no sabe lo que casi nadie sabe hasta que lo descubre tarde es cuánto ha tenido que apagar para poder decirlo.
Aprendimos pronto una lección que nadie nos dio con palabras, pero que el cuerpo entendió a la primera. Que la debilidad no se perdona: si te muestras débil, no te querrán. Que la vulnerabilidad se paga: si te abres, el grupo te señala. Que la sensibilidad es casi un defecto de fábrica: si sientes demasiado, el mundo te hará daño.
Así que hicimos lo razonable. Negamos la herida. Negamos el dolor. Y negamos, de paso, una parte de quiénes somos, con tal de no quedar expuestos en lo que sentíamos. Aprendimos a pasear por el mundo inalterables, como si nada nos rozara: incólumes, casi divinos, dueños absolutos de nuestro destino.
Es una mentira hermosa. Y es falsa por su propia definición, porque ser humano es estar vivo, y estar vivo es ser tocado por lo que pasa. Vivir es ser susceptible de alteración. Lo que de verdad nos construye no es la lista de metas cumplidas, sino aquello que nos atravesó por dentro mientras las perseguíamos.
La armadura
Wilhelm Reich lo vio en el cuerpo antes que en las palabras. Lo llamó coraza: una tensión muscular crónica, sostenida durante años, con la que nos blindamos contra lo que sentimos. La mandíbula apretada, los hombros subidos, el diafragma que no termina de soltar el aire. Una armadura que no nos quitamos al llegar a casa, porque hace tiempo que dejamos de notar que la llevamos puesta. La terapia gestalt lo dice de otra manera, igual de física: hay un punto donde yo termino y empieza el mundo el límite de contacto, y ese límite, que debería ser una piel, puede endurecerse hasta volverse un muro.
El problema del muro es que no distingue. Una coraza detiene el golpe, cierto; pero no deja pasar nada más. El que se ha blindado para que no le llegue lo que duele tampoco deja que le llegue lo demás: la mirada de alguien que lo quiere, una mano en el hombro, una buena noticia que merecería una alegría entera y que se recibe con un encogimiento de hombros. No se puede anestesiar una zona del cuerpo dejando el resto despierto. Se apaga todo o no se apaga nada. Quien aprende a no sentir la pena descubre, años más tarde, que tampoco siente del todo el deseo, ni el hambre, ni las ganas. Vive a media luz y lo llama estar tranquilo.
Y debajo de casi toda armadura hay una vergüenza muy antigua. Gershen Kaufman y, más tarde, Brené Brownla describieron con precisión: la vergüenza no dice “has hecho algo malo”, dice “hay algo malo en ti”. El niño que se sintió señalado por sentir por llorar, por necesitar, por tener miedo— no concluyó que aquello fuera inoportuno. Concluyó algo mucho más grave: que él, tal como era, sobraba. La armadura nació ahí, como la única forma que encontró de seguir siendo aceptable. No fue un error. Fue una solución. El problema es que sigue funcionando treinta años después, en automático, también donde ya nadie va a señalar nada.
El alarde
Hay una versión de todo esto que el mundo aplaude. La cultura del rendimiento premia al que no se inmuta, al que produce sin que nada le afecte, al que convierte cada herida en una lección de superación y cada duelo en un proyecto de mejora. Byung-Chul Han lo ha descrito bien: nos hemos vuelto empresarios de nosotros mismos, obligados a mostrarnos siempre disponibles, optimizados, intactos. Parecer afectado se ha convertido casi en una falta de profesionalidad. Y así, el miedo a mostrarnos deja de ser una herida privada y pasa a ser una norma compartida.
Pero el cuerpo no entiende de prestigio. Lleva su propia cuenta de todo lo que no se le permitió sentir, y la presenta más tarde, cuando menos se la espera: en la contractura que no cede, en el sueño que no llega, en el ataque de algo que parece venir de la nada y que viene, en realidad, de muy lejos. El alarde de no sentir nada no es fortaleza. Es una factura aplazada.
Elegir el dolor no es regodearse en él
Conviene aclarar algo, porque la frase de la canción se presta a malentendido. Elegir el dolor no es elegir el sufrimiento. No es instalarse en la herida, repasarla, alimentarla. Eso lo vemos a diario es otra forma de no sentir: convertir el dolor en un relato que se cuenta una y otra vez es una manera de no tocarlo nunca de verdad. Quien sufre de forma crónica muchas veces no está sintiendo; está rumiando, que es casi lo contrario.
Elegir el dolor es algo más simple y difícil: es dejar que la pena que ya está ahí complete su ciclo. Sentirla en el cuerpo, ponerle nombre, dejar que se mueva, y descubrir (esto es lo que casi nadie cree hasta que lo vive) que una pena sentida del todo pasa. No se queda. Lo que se queda es la pena que no se dejó sentir: esa se aloja, ocupa sitio, se vuelve sintoma, se vuelve esa nada amortiguada de la que luego cuesta tanto salir. La rabia que no se siente no desaparece; se transforma en otra cosa. Con la pena ocurre igual.
Nacho Vegas tiene otra canción, «Ser árbol», que dice casi lo contrario y, en el fondo, lo mismo: que para mirar el cielo hay que hundir las raíces en la tierra. Sentir es eso. Hundirse en lo que duele, echar raíz ahí, y comprobar que es justo en ese punto; no en la huida donde uno por fin crece. El dolor, como el resto de emociones, son lugares que hay que aprender a habitar.
Dejarse tocar
Así que no se trata de sentirlo todo. Se trata de dejar de negar lo que ya está pidiendo ser sentido. La debilidad que escondes, la herida que minimizas, el dolor que despachas con un “no me afecta” no desaparecen porque los niegues: solo cambian de sitio y esperan. Reconocer que algo te toca no te vuelve más frágil. Te vuelve, por fin, alguien con piel.
Y queda una pregunta para ti, sin adornos. ¿De qué te blindaste, y cuánto hace que ya no recuerdas por qué? Si te detienes en ella un momento y notas que algo se remueve, no lo apartes tan deprisa como acostumbras. Ahí, en lo que has aprendido a no sentir, suele estar lo más vivo de ti.
La psicoterapia no soluciona problemas: abre espacios donde lo que estaba sin sitio puede empezar a tenerlo. Si quieres ver si la gestalt encaja con lo que estás viviendo, podemos hablar en una primera entrevista de orientación: tú no te comprometes a nada, yo no te doy un diagnóstico. Es una conversación. A veces, la primera en mucho tiempo en la que no hace falta fingir que nada te afecta.
Bibliografía
— Brown, Brené. Los dones de la imperfección. Gaia Ediciones.
— Kaufman, Gershen. Shame: The Power of Caring. Schenkman Books.
— Perls, Frederick; Hefferline, Ralph; Goodman, Paul. Terapia Gestalt: excitación y crecimiento de la personalidad humana. Los Libros del CTP / Sociedad de Cultura Valle-Inclán.
— Polster, Erving & Miriam. Terapia gestáltica. Amorrortu Editores, Buenos Aires.
— Reich, Wilhelm. Análisis del carácter. Paidós, Barcelona.
— Han, Byung-Chul. La sociedad del cansancio. Herder, Barcelona.




