
Durante estos años también he tenido experiencias dolorosas con clientes y amistades que han tenido procesos de enfermedad terminal como el cáncer. Por mi experiencia y a pesar de que en la formación realizada sobre esta temática ya nos lo advertían, aquí es donde el enfermo se convierte en maestro… donde no tenemos como profesionales ninguna solución. Nos pone delante aquello de que en realidad no podemos salvar a
nadie, solo somos acompañantes, a veces guías, de la propia salvación o del propio camino a la aceptación de nuestra impermanencia.
Me comentaba alguien en este proceso… “No decido como vengo al mundo, me gustaría por lo menos poder decidir cómo me marcho de él”.
He seguido la metodología del protocolo de acompañamiento CALM durante estas situaciones. Una de las ideas básicas es despatologizar la vida y transitar el proceso con la normalidad de vivir, aceptando también la eventualidad de morir. En este proceso la ayuda psicológica puede ser útil para afrontar el diagnóstico, convivir con el tratamiento, tomar decisiones, manejar los cambios familiares, facilitar la comunicación familiar, abordar el tema con los amigos, volver a la normalidad, afrontar la recaída, vivir el final de vida, estructurar y apoyar los últimos días…
A veces nos toca hacer de traductores del lenguaje médico que siempre quiere probar un intento más de tratamiento… (es su labor) para transmitir la realidad de la situación personal de quien acompañamos. Es una función dura, dolorosa y nada fácil de sostener… pero siempre es recibida con agradecimiento. Tristeza y agradecimiento.
Otras veces es informar y hacer comprender al entorno del cliente, a su familia, a su círculo social, que va a significar a nivel practico que va a suponer esa lucha por la vida y en su caso la eventualidad de morir. Como organizar esas buenas voluntades en ayuda práctica para la persona en este proceso.
Acompañar psicológicamente en procesos terminales te cambia la forma de vivir la propia vida, porque no puede ser de otra forma… la vida y el acompañamiento a la muerte nos cambia a todos. Y si no somos permeables a esta experiencia sería mala señal, porque ya no seriamos personas, estaríamos ausentes del presente y de nuestro acompañado. Estaríamos en otro lugar donde la vida no transcurre, sino que sólo se
contempla, como un cuadro en un museo, que no se toca, no impregna, solo seriamos espectadores de una obra que al fin y al cabo seria la misma que para cualquiera… y si algo tiene la vida y nuestra partida es que siempre es única.




