
Una hija revisa, veinte años después, las cintas de un verano con su padre. Una lectura desde la consulta gestalt sobre los duelos que no se ritualizan y sobre todo lo que un padre transmite sin llegar a decirlo.
Hay una mujer que mira una pantalla. En la pantalla, una cámara de vídeo doméstica, de esas que ya casi no existen, devuelve imágenes granuladas de un verano: una niña de once años y su padre, en un resort barato de la costa de Turquía, a finales de los noventa. La mujer que mira tiene ahora, más o menos, la edad que tenía su padre entonces. Y mira esas cintas no para recordar su infancia, sino para entender algo que de pequeña no pudo ver.
Así empieza, y así termina, Aftersun, la primera película de Charlotte Wells. Entre medias no pasa casi nada: unas vacaciones, una piscina, una noche de karaoke, un baile. Y, sin embargo, pocas películas recientes han dicho tanto sobre lo que un padre puede transmitir a un hijo sin pronunciar una sola frase que lo nombre.
Un padre presente y, a la vez, ausente
Calum, el padre, es cariñoso. Juega, abraza, hace reír a su hija. Está presente. Y, sin embargo, algo se le escapa por las grietas. La película no dice nunca la palabra «depresión». No hace falta. Lo vemos en un cuerpo que a ratos se apaga, en una mirada que se va a un sitio donde la niña no puede seguirlo, en un comentario casi de pasada le confiesa al instructor de buceo que le sorprende haber llegado a los treinta.
Desde la consulta, esa decisión de no nombrar resulta interesante.
Porque la pregunta gestáltica nunca es qué tiene esta persona, como si fuera una etiqueta que lo explicara todo. La pregunta es otra: qué hace para no sentir lo que está sintiendo, y qué le hace eso al vínculo que tiene delante. Calum no le cuenta a su hija lo que le pasa. La protege. Y, al protegerla, sin quererlo, la deja sola con algo que ella nota pero no entiende.
El karaoke: el contacto que no llega a cerrarse
Hay una escena que lo concentra todo. En la noche de karaoke del resort, la niña los apunta a los dos para cantar. Cuando llega el momento, suena Losing My Religion, de R.E.M., y el padre no se levanta. No puede. Se queda sentado mientras su hija, sola en el escenario, canta entera una canción que no le sale del todo afinada, esperando hasta el último compás que él suba a acompañarla. No sube.
En gestalt hablamos del ciclo de contacto: ese movimiento por el que algo en nosotros se asoma hacia el otro, contacta y luego se retira. La niña hace todo el movimiento. Se asoma, se expone, tiende la mano. Y el contacto no se cierra, porque del otro lado hay un hombre que no tiene, en ese momento, de dónde sacar la energía para responder. Después, él intenta arreglarlo de la única forma que sabe: le ofrece pagarle clases de canto. Habla de la voz para no hablar de lo que de verdad acaba de pasar. Es lo que hacen muchos padres que quieren bien y no llegan: ofrecen soluciones donde se pedía presencia.
Lo que se hereda sin palabras
Lo más inquietante de Aftersun no es lo que el padre dice, sino lo que la hija aprende sin que nadie se lo enseñe. En un momento, ella le confía que a veces, después de un día bueno, le entra una especie de cansancio raro, como si el cuerpo le pesara de más. Está describiendo, sin saberlo, algo muy parecido a lo que vive su padre. No lo ha leído en ningún sitio. Lo ha respirado.
Esto, que en la película es un detalle, en consulta es una de las cosas que más veo. Lo que de verdad se hereda de un padre rara vez son sus palabras. Es su manera de estar en el cuerpo. La forma de tensar los hombros ante lo que no se puede resolver, el gesto de tragar saliva en lugar de llorar, la costumbre de irse hacia dentro cuando algo duele. Un hijo no entiende la tristeza de su padre; pero la aprende, la copia, la aloja en su propio cuerpo, y muchos años después la repite sin saber de dónde le viene.
El duelo que no se ritualiza
Veinte años después, la hija sigue mirando las cintas. La película no nos dice con claridad qué fue de su padre; deja ese hueco abierto a propósito. Lo que sí sabemos es que, de adulta, ya no puede preguntarle. Y que necesita, una y otra vez, volver a esas imágenes para entender al hombre que tuvo delante y no supo ver.
Pauline Boss llamó pérdida ambigua a esos duelos que no encajan en ningún ritual: la persona que está físicamente y, a la vez, ausente de otra manera; o la que ya no está, pero a la que nunca pudimos despedir como hubiéramos querido. Son duelos sin entierro y sin fecha. Boss escribió también contra lo que llamó el mito del cierre: esa idea, tan de nuestra época, de que el dolor se «supera», se cierra y se archiva. Algunas pérdidas no se cierran. Se aprende a vivir con ellas. Y eso es justo lo que hace la Sophie adulta: no cierra nada. Convive con lo que quedó abierto y, al mirarlo de frente, lo transforma. Sobre estos duelos sin nombre escribí también a propósito de otra película.
Ver, por fin, al padre joven
Y aquí ocurre lo más reparador de la película, aunque no haya ya nadie a quien reparar. La hija adulta deja de mirar a su padre desde la queja del niño que necesitaba más y empieza a mirarlo como lo que también era: un hombre muy joven, casi un crío él mismo, cargando con algo que no sabía nombrar y haciéndolo lo mejor que podía.
Carl Rogers puso en el centro de su trabajo una idea sencilla y difícil: que las personas sanamos cuando alguien nos mira sin condiciones. No mirar para corregir, ni para estar de acuerdo —aceptar a alguien no es darle la razón—, sino para ver de verdad quién hay ahí. Lo conmovedor de Aftersun es que esa mirada llega tarde, cuando ya no puede cambiar nada del pasado; y, aun así, cambia algo. Cambia a quien mira. Ver por fin al padre joven es, para la hija, una forma de individuación: dejar de ser solo la hija de su herida para convertirse en alguien que comprende y que elige qué hacer con lo que recibió.
Doble capa
Si has llegado hasta aquí pensando en tu propio padre, o en tu madre, o en el hijo que estás criando, no es casualidad. Aftersun funciona porque a casi todos nos toca en el mismo sitio. Casi todos tenemos un padre o una madre joven a quien no pudimos ver, porque de niños solo podíamos verlos como padres, no como personas.
Te dejo la pregunta con la que muchos salen de esa película, y que también aparece a veces en consulta: ¿qué edad tenía tu padre cuando tú tenías la edad que él tenía en tus primeros recuerdos? Imaginarlo a esa edad, con sus propios miedos a cuestas, suele abrir algo. Y, un paso más adentro: ¿qué aprendiste de su cuerpo, de su manera de callar o de irse, que todavía hoy repites sin haberlo elegido?
La psicoterapia no resuelve esto como quien cierra un expediente. No devuelve al padre que no vino. Lo que hace es abrir un espacio donde por fin puedes mirar lo que entonces no cabía y decidir, ya de adulto, qué quieres seguir cargando y qué puedes soltar. Si esa pregunta ha movido algo en ti, podemos hablar en una primera entrevista de orientación: tú no te comprometes a nada, yo no te doy un diagnóstico. Es una conversación.
Bibliografía
— Boss, Pauline. La pérdida ambigua. Gedisa, Barcelona.
— Boss, Pauline. The Myth of Closure. W. W. Norton, Nueva York.
— Rogers, Carl. El proceso de convertirse en persona. Paidós, Barcelona.
— Wells, Charlotte (dir.). Aftersun. A24, 2022.
— Polster, Erving & Miriam. Terapia gestáltica. Amorrortu Editores, Buenos Aires.




