
Lo que el cuerpo guarda cuando la palabra falta. Una lectura desde la consulta gestalt, desde Rabia al-Adawiyya y desde «La Yugular» (Rosalía, LUX, 2025).
A veces llega a consulta una pareja diciendo, casi orgullosa, que nunca discute. No se gritan. No se interrumpen. No se portan mal. Yo escucho con atención y, casi siempre, me preocupo. Porque ese silencio rara vez es paz: suele ser un lugar donde la rabia ha dejado de tener sitio.
Confundimos rabia con violencia y, al confundirlas, nos quedamos sin las dos. La rabia desaparece, sí, pero no se va: se traslada. Va al cuello, a la mandíbula, al insomnio del domingo por la noche. Va a la frase irónica que aparece sin querer en mitad de la sobremesa. Va al cuerpo cansado de quien ya no sabe qué le pasa. La rabia no atendida no se evapora; se sedimenta.
La rabia es una emoción del cuerpo. Aparece cuando algo nos importa lo suficiente como para defenderlo. Es la señal viva de que un límite ha sido tocado. La violencia, en cambio, no es una emoción: es lo que ocurre cuando la rabia no encuentra cuerpo, ni palabra, ni vínculo donde sostenerse. Cuando estalla, se llama agresión. Cuando se congela, se llama síntoma. Y conviene recordar una cosa que el latín guarda con precisión: agredirviene de ad-gredi, ir hacia. La misma raíz que sostiene a progreso y a agradecer. En su origen, esa fuerza no destruye: empuja, mueve, hace presente. Lo destructivo aparece después, en los lugares donde no supimos darle cuerpo.
La santa que se llamaba Rabia
En el siglo VIII, en la Basora políglota y desbordada del actual Iraq, vivió una mujer llamada Rābiʿa al-ʿAdawiyya. Huérfana, esclava, liberada después, pasó la vida en una casita pobre de las afueras de la ciudad. Era la cuarta hija —Rabia significa cuarta en árabe— y se la considera hoy la primera gran mística sufí del Islam. Sus sermones atraían a maestros venerados; los grandes teólogos de su tiempo no se atrevían a hablar si ella no estaba en la sala.
Hay una imagen que la cuenta entera. Cuentan sus biografías que Rabia caminaba por las calles de Basora llevando en una mano un cubo de agua y en la otra una antorcha. El agua, decía, era para apagar el fuego del infierno. La antorcha, para quemar el paraíso. Quería que nadie pudiera ya amar a Dios por miedo al castigo ni por esperanza de recompensa. Solo por amor. «Si te adorase por miedo al Infierno, quémame en el Infierno; si te adorara esperando el Paraíso, exclúyeme del Paraíso. Pero si te adorara por Ti mismo, no me niegues Tu eterna Belleza.»
Lo más suyo, sin embargo, es otra frase. Cuando le preguntaron por qué no combatía al diablo —cosa que en su época casi todo asceta hacía con una intensidad casi militar—, respondió: «No tengo tiempo de odiar a Lucifer. Estoy demasiado ocupada amando a Dios.» Esa frase, dicha por una mujer en el siglo VIII, es una de las definiciones más exactas de la rabia que he encontrado. No la rabia que se reprime ni la rabia que estalla: la rabia que, atendida, se transforma en intensidad de presencia. Sigue ahí, sigue siendo fuerza, pero ya no necesita un enemigo para existir.
Esta santa antigua acaba de regresar a la cultura española por una vía inesperada. En noviembre de 2025, Rosalía publicó LUX, un álbum conceptual sobre mística femenina, grabado con la London Symphony Orchestra y cantado en catorce idiomas, donde cada lengua corresponde a la vida de una santa. La undécima canción se titula «La Yugular» y está dedicada precisamente a Rabia al-Adawiyya. Su coro, cantado en árabe, traduce: «Por ti destruiría el cielo, por ti demolería el infierno, sin promesas ni amenazas.» En la edición física del disco, Rosalía imprime una frase atribuida a la santa: ninguna mujer ha pretendido jamás ser Dios.
La canción importa clínicamente porque restituye una idea que el discurso del bienestar contemporáneo ha perdido: hay una intensidad emocional que no es violencia. Que se parece más a la oración y al deseo radical que a la agresión. La rabia, cuando encuentra cuerpo y lengua, puede ser eso: una fuerza que destruye los cielos y los infiernos del propio rencor para dejar, en su lugar, presencia.
Las dos salidas de la rabia que no encuentra sitio
Pero esa transformación es rara. En consulta veo, a grandes trazos, dos destinos para la rabia que nunca tuvo un lugar.
El primero es la explosión. La persona que durante años ha sido «la que no se enfada» llega un día con un episodio que no se reconoce: un grito desproporcionado, un golpe en la mesa, una palabra que sale ácida y precisa hacia un hijo, hacia una pareja, hacia un compañero de trabajo. Se asusta. «Yo no soy así.» Pero sí. Es una rabia que se ha pasado quince años fermentando en silencio y que ha encontrado, por fin, una rendija por la que salir.
El segundo destino es más difícil de ver, y por eso suele pasar más años antes de llegar a consulta. Es la rabia que se ha congelado. La que se vuelve hacia adentro y se disfraza de cansancio crónico, de contractura cervical, de insomnio que no responde a ninguna preocupación concreta, de una tristeza que tampoco es del todo tristeza. «El cuerpo lleva la cuenta», escribió Bessel van der Kolk. La frase es exacta y no es metáfora.
Por qué la gestalt mira el cuerpo antes que el síntoma
Hay una razón por la que en terapia gestalt, y en las disciplinas afines a la terapia corporal y a la bioenergética, no empezamos preguntando qué siente el paciente. Empezamos mirando dónde lo siente. La pregunta operativa rara vez es «¿qué te pasa?». Suele ser «¿dónde, en el cuerpo, está pasándote esto?». Si una rabia no tiene domicilio físico —un lugar concreto: la mandíbula tensa, el puño que se cierra, el estómago que se contrae—, va a ser muy difícil hacer algo con ella.
Wilhelm Reich, en Análisis del carácter, enseñó algo que la gestalt heredaría décadas después: las emociones no expresadas no flotan; se inscriben. La rabia que no se vivió en su momento queda como una cierta postura, un cierto modo de cerrar los hombros, una cierta forma de no respirar del todo. Alexander Lowen llamó a esto «armadura caracterial». Fritz Perls —en Yo, hambre y agresión— ya había dicho algo parecido en otro idioma: que la fuerza viva del organismo es la que nos permite morder, masticar, asimilar el mundo. Sin esa fuerza, no hay deseo ni apetito; sin apetito, todo lo que entra se queda sin digerir.
Por eso el trabajo terapéutico con la rabia no consiste en gestionarla —esa palabra terrible— ni en domesticarla. Consiste, primero, en encontrarla. Saber dónde está. Cómo respira. Qué le impedimos hacer cuando la sentimos asomar. La pregunta útil rara vez es qué siente el paciente. Es qué hace para no sentir lo que está sintiendo.
Han y el otro lado: la violencia silenciosa
Byung-Chul Han, en Topología de la violencia, propone una idea incómoda: la violencia de nuestra época ya no es la violencia visible —la del padre que pega o la del Estado que reprime—. Es una violencia que se ha vuelto neuronal, silenciosa, autoinfligida. Nos exigimos rendir, optimizar, mejorar. Y cuando no podemos, no nos enfadamos con el sistema: nos deprimimos, nos diagnosticamos, nos avergonzamos. La rabia que antes se dirigía hacia afuera ahora se ha vuelto hacia dentro. Lleva el nombre de burnout, de ansiedad, de fatiga crónica. Se vende como problema individual y se trata con técnicas individuales.
Hannah Arendt —en Sobre la violencia— ya había distinguido con precisión: el poder y la violencia no son lo mismo. La violencia aparece, justamente, cuando el poder ha desaparecido. Cuando ya no hay vínculo, ni palabra compartida, ni un nosotros en el que sostenerse. La violencia, en este sentido, es siempre un signo de empobrecimiento del vínculo, no de su exceso. Por eso una pareja que se grita puede estar más viva que una pareja que se ha dejado de hablar.
Devolver la rabia al cuerpo
A veces, en consulta, una persona llora antes de poder enfadarse. Otras veces se enfada antes de poder llorar. Y a veces —las más interesantes para mí— ocurren las dos cosas a la vez, sin que se sepa cuál sostiene a la otra. Eso suele pasar cuando la rabia, después de mucho tiempo escondida, encuentra por fin un sitio en el cuerpo donde poder ser. No un sitio donde estallar; un sitio donde ser.
Gershen Kaufman escribió que la vergüenza se cura siendo visto. Yo añadiría que la rabia se cura siendo escuchada antes de ser interpretada. Antes de saber qué significa, hay que dejar que sea. Que ocupe un espacio sin ser inmediatamente gestionada, racionalizada, traducida a otra cosa más presentable. Es lo que Rabia, hace doce siglos, supo decir de un modo más claro: no se trata de odiar a Lucifer; se trata de tener algo más grande que hacer con esa intensidad.
Hay parejas que aprenden a discutir tarde, después de años de no discutir. Hay personas que descubren su rabia a los cincuenta, después de toda una vida de no enfadarse. Casi siempre, cuando ese movimiento ocurre, el cuerpo cambia primero: respira distinto, se cansa menos, deja de despertarse a las cuatro. La rabia, contenida y dicha, no destruye: ordena.
La pregunta que dejo no es si te enfadas demasiado o demasiado poco. Es otra. ¿Dónde está tu rabia ahora? ¿En el cuello, en una pareja que ha aprendido a no discutir, en una fatiga que ningún fin de semana cura, en una ironía que sale antes de que la pienses? Si la rabia no aparece en ningún sitio, conviene preguntarse qué está haciendo ese silencio dentro de ti.
La psicoterapia no soluciona problemas. Abre espacios donde lo que estaba sin sitio puede empezar a tenerlo. La rabia, también. Si estás pensando en empezar un proceso, o quieres saber si la gestalt encaja con lo que estás viviendo, podemos hablar en una primera entrevista de orientación: tú no te comprometes a nada, yo no doy un diagnóstico. Es una conversación.
Bibliografía
— Arendt, Hannah. Sobre la violencia. Alianza Editorial, Madrid.
— Han, Byung-Chul. Topología de la violencia. Herder, Barcelona.
— Han, Byung-Chul. La sociedad del cansancio. Herder, Barcelona.
— Herrero, Mardía. Rabia al Adawiyya. La cuarta hacia el Uno. Editorial Verbum, Madrid.
— Kaufman, Gershen. Shame: The Power of Caring. Schenkman Books.
— Lowen, Alexander. Bioenergética. Editorial Sirio. (Véase también el International Institute for Bioenergetic Analysis.)
— Perls, Frederick. Yo, hambre y agresión. Fondo de Cultura Económica, México.
— Reich, Wilhelm. Análisis del carácter. Paidós, Barcelona.
— Rosalía. LUX («La Yugular», pista 11). Columbia Records / Sony Music España, 2025. Véase la reseña en Mondo Sonoro.
— Tabuyo, María (ed.). Rābiʿa al-ʿAdawiyya. Dichos y canciones de una mística sufí. José J. de Olañeta Editor. Véase también Rabi’a al ‘Adawiyya y el sufismo, en FUNCI.
— Van der Kolk, Bessel. El cuerpo lleva la cuenta. Editorial Eleftheria. Página del autor: besselvanderkolk.com.




