La condición humana y el triunfo de lo imperfecto
Sobre porqué los Trump del mundo siempre ganan; y qué nos dice eso de nosotros mismos
Hay una pregunta que incomoda precisamente porque no tiene una respuesta fácil:
¿por qué triunfan quienes menos parecen “merecer” el triunfo?
No se trata de un juicio moral sobre ningún individuo en particular. Se trata de observar un patrón que se repite en la historia, en la política, en los negocios, en las redes sociales, con una consistencia que ya no puede atribuirse al azar. Es un patrón que nos obliga a mirar hacia adentro hacia lo que somos como especie, no hacia lo que aspiramos a ser.
El oportunismo no es una anomalía. Tendemos a hablar del oportunismo como si fuera un defecto de carácter, una desviación de la norma. Pero la sociología y la psicología evolutiva sugieren algo más incómodo: el oportunismo es una respuesta adaptativa. El cerebro humano, moldeado por millones de años de escasez y competencia, reconoce instintivamente a quien sabe capitalizar el momento y lo sigue.
Donald Trump no es una anomalía del sistema. Es su expresión más transparente. Lo que él hace prometer sin comprometerse, dominar el relato sin anclarse a la verdad, proyectar seguridad sin necesitar razón es precisamente lo que el inconsciente colectivo ha aprendido a reconocer como liderazgo. No el liderazgo que aspira a la virtud aristotélica. El liderazgo que la tribu entiende: el que muestra dientes.
Byung-Chul Han lo explica en uno de sus libros, “vivimos en una sociedad de la transparencia donde ya no se admira la profundidad sino la visibilidad. No quien piensa más, sino quien ocupa más espacio. No quien sirve, sino quien se impone.”
El espejo de celuloide
El cine (cuando es honesto) no narra lo que queremos ser. Narra lo que somos.
En There Will Be Blood (Paul Thomas Anderson, 2007) podemos ver quizás el retrato más brutal jamás filmado de la ambición como enfermedad degenerativa. Daniel Plainview no ambiciona riqueza; ambiciona ausencia de rivales. Su frase final «I’m finished» no es triunfo. Es la soledad absoluta de quien sacrificó todo lo humano para ganar. Y sin embargo, ganó. El sistema lo premió hasta el final.
Y seguimos, en Parasite (Bong Joon-ho, 2019) podemos ver como el director lleva el oportunismo a su dimensión de clase. La familia Kim no es malvada; es brillante, creativa, llena de humanidad. Pero en un sistema donde la supervivencia exige desplazar a otro, terminan siendo predadores. Porque el sistema no premia la bondad: premia la estrategia.
En El Lobo de Wall Street (Scorsese, 2013) podemos ver como se genera algo perturbador en quien la ve y es un sentimiento de admiración involuntaria. Jordan Belfort roba, miente, destruye vidas y uno se sorprende a sí mismo riendo. Scorsese lo hizo adrede. Nos muestra que somos cómplices de lo que criticamos. Que el carisma desactiva el juicio moral. La realidad es que admiramos la energía, aunque provenga de la corrupción.
En el ejemplo histórico de Silvio Berlusconi, Silvio (y los otros) (Loro, 2018), dirigida por Paolo Sorrentino podemos ver el ejemplo del populismo donde se evidencia como las democracias contemporáneas se mueven, cada vez más, hacia la desintermediación institucional, y damos cada vez menos importancia a las instituciones como los parlamentos o los sistemas de justicia independientes y prácticas necesarias para la democracia, como la separación de los poderes y la mediación entre ciudadanos y cuerpos intermedios. Se evidencia como el líder envidiado puede ser inmoral, (e incluso amoral) pero genera una conexión emocional con su electorado que lo vuelve ídolo.
La desaparición de la humildad
El altruismo y la humildad no han desaparecido de la especie. Están ahí en el médico que trabaja sin recursos en una zona de conflicto, en la persona anónima que dona sin que nadie lo sepa, en el maestro que regala décadas de vida a quienes no lo recordarán.
Pero el sistema no los amplifica. Los vuelve invisibles.
Las redes sociales están algorítmicamente diseñadas para premiar la reacción emocional intensa: la indignación, el escándalo, la provocación. La humildad no genera clics. El altruismo silencioso no viraliza. La coherencia ética aburre. Lo que gana es el extremo, el contraste, el conflicto.
Trump, Milei, Bolsonaro independientemente de la valoración política que merezcan operan sobre el mismo mecanismo: la simplicidad como alivio. En un mundo de complejidad aplastante, el que dice «yo lo sé» y lo dice con fuerza, gana… aunque no lo sepa en absoluto.
Ahora llegamos al núcleo del asunto y es donde la sociología debe rendirse ante la antropología filosófica. La insatisfacción no es un fallo del sistema: Es una condición de base del ser humano.
Aristóteles lo llamó orexis, el deseo perpetuo. Schopenhauer lo tradujo como voluntad ciega que nunca descansa. Lacan habló de la manque como la falta constitutiva, el agujero en el centro del sujeto que ningún objeto puede llenar. No porque los objetos sean insuficientes. Sino porque la falta es estructural.
Somos seres que desean porque desean, no porque les falte algo concreto.
Y eso tiene una consecuencia sociológica directa: el consumo ilimitado, la ambición sin techo, la acumulación como sustituto de la plenitud no son aberraciones capitalistas. Son respuestas culturales a una angustia existencial que precede al capitalismo por varios milenios.
Charity Hope Valentine; Shirley MacLaine en Sweet Charity (Bob Fosse, 1969) es quizás el retrato más tierno de esta paradoja. Una mujer de bondad inagotable a quien la vida traiciona una y otra vez. No por ingenuidad. No por error. Sino simplemente porque el mundo no está construido para recompensar la pureza de corazón. Ella sigue creyendo. Y el universo la ignora.
El ser humano es el único animal que se avergüenza de lo que desea y sigue deseándolo. Votamos contra nuestros intereses económicos por razones identitarias. Compramos productos que dañan el planeta mientras nos declaramos ecologistas. Admiramos a los que critican. Condenamos lo que envidiamos. Elogiamos la humildad desde el ego.
Esta incoherencia no es hipocresía moral. Es estructura cognitiva. Somos seres divididos entre el yo consciente que aspira y el yo profundo que actúa y la tensión entre ambos genera toda la cultura humana: el arte, la religión, la política, la filosofía.
Entonces, ¿qué nos queda?
No hay un final optimista fácil aquí. Sería deshonesto. Lo que sí existe; y esto es lo que el cine honesto siempre muestra, aunque duela es la conciencia. La capacidad de ver el mecanismo y elegir, dentro de lo posible, no ser completamente su producto.
La humildad no triunfa en los titulares. Pero transforma las personas que toca. El altruismo no viraliza. Pero es el único antídoto documentado contra la soledad estructural de las sociedades individualistas.
Vivir en coherencia o intentarlo; no es ingenuidad. Es el acto más subversivo disponible en una cultura que premia el rendimiento sobre la presencia, la imagen sobre la sustancia, el ruido sobre la verdad.
El ser humano es incompleto, incoherente y contradictorio por naturaleza. Esa es la noticia mala. La buena noticia es que también es el único ser conocido en el universo capaz de contemplar su propia incoherencia y decidir qué hacer con ella.
La soledad del siglo conectado





